Violencia en Teotihuacán: un ataque que interpela a la seguridad pública
Un solo agresor transforma un enclave patrimonial en escena de muerte y preguntas

Redacción · Más España


La mañana en que miles de ojos se posan cada día sobre las piedras milenarias de Teotihuacán, un acto de violencia aisló a México y al mundo de su rutina turística. Julio César Jasso Ramírez, un mexicano de 27 años, subió aquel día a la Pirámide de la Luna y convirtió en blanco a quienes disfrutaban del patrimonio que nos define.
No hay margen para la ambigüedad en los hechos conocidos: un revólver calibre .38, alrededor de 50 cartuchos y un arma blanca en una mochila; disparos desde una de las plataformas y la desesperación de turistas que huyeron en recrecidos de pánico. El saldo factual habla por sí mismo: una turista canadiense fallecida; 13 heridos —entre ellos ciudadanos de Estados Unidos, Colombia, Brasil, Rusia y Canadá— atendidos por balas o por lesiones al escapar.
Las autoridades han sido taxativas en su reconstrucción: fue un atacante solitario, que habría actuado de manera planificada, y que terminó quitándose la vida tras ser acorralado y herido por la Guardia Nacional y policías municipales. No se han hallado indicios, por ahora, de participación de terceros. Es la versión oficial que deben sostener las pesquisas ministeriales.
La presidenta Claudia Sheinbaum expresó condolencias y anunció el traslado de la investigación a la esfera federal. También ordenó reforzar la seguridad en sitios turísticos: mayor presencia de la Guardia Nacional, coordinación con la Secretaría de Cultura y la instalación de arcos de detección para evitar el ingreso de armas a espacios públicos. Son decisiones inmediatas frente a una herida abierta.
Hay, además, elementos inquietantes sobre el perfil del agresor: literatura, imágenes y manuscritos hallados entre sus pertenencias que la fiscalía relaciona con hechos violentos ocurridos en el exterior, en particular con una masacre fechada también un 20 de abril. Ese rastro impone a los investigadores seguir cada hilo sin ceder a las especulaciones, como pidió la propia presidenta.
Teotihuacán no es un lugar cualquiera: recibe más de 1,5 millones de visitantes al año y forma parte del Patrimonio Mundial de la Unesco. Que un ataque de esta naturaleza ocurra en un enclave tan simbólico obliga a una reflexión pública sobre prevención, reacción y salvaguarda de la seguridad ciudadana y del turismo internacional.
No debemos confundir la firmeza con la precipitación. Los hechos documentados exigen una investigación rigurosa, transparencia en las conclusiones y decisiones operativas que protejan a quienes vienen a conocer nuestra historia. El país reclama descubrir cómo pudo planearse y ejecutarse este episodio para que no se repita, sin caer en conjeturas ni en respuestas teatrales.
La nación también ha de pensar en la reparación: atención a las víctimas, coordinación consular con los países afectados y medidas concretas para restaurar la confianza de los visitantes. Teotihuacán merece respeto; México exige seguridad. Ninguno de los dos puede ser retórica si los hechos se confirman y las autoridades ofrecen resultados.
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