Tiroteo en Teotihuacán: la paz turística atravesada por un revólver
Un ataque inédito en un sitio arqueológico deja preguntas urgentes sobre seguridad y protección de visitantes

Redacción · Más España


La mañana en que la Pirámide de la Luna se convirtió en escenario de pánico quedó grabada en imágenes y testimonios: un hombre que llegó como turista sacó un revólver y disparó contra quienes visitaban Teotihuacán.
Las certezas iniciales de la investigación son duras y directas. El agresor fue identificado por las autoridades como Julio César Jasso Ramírez, de 27 años. Portaba un revólver calibre .38 especial con capacidad para seis tiros; según la pesquisa, habría recargado en dos ocasiones y quedaron tres balas sin usar.
Las víctimas son, en su inmensa mayoría, visitantes extranjeros: seis estadounidenses, tres colombianos, una canadiense —quien murió—, un ruso, una neerlandesa y una brasileña. Entre los heridos hay dos menores. Impactos de bala y otras lesiones, miedo, caída y desamparo: la postal de un lugar que hasta entonces era sinónimo de patrimonio y turismo.
La secuencia procesal también está documentada. La primera llamada a emergencias entró a las 11:20 a. m., las cámaras detectaron la amenaza y, siete minutos después, fuerzas federales llegaron al sitio. Testigos grabaron al atacante en el basamento de la Pirámide de la Luna, con cubrebocas, blandiendo el arma, gritando y disparando; en uno de los videos se le oye hablar de “rehenes” y amenazar con matarlos.
Dos elementos de seguridad treparon por un costado de la pirámide y entablaron fuego contra el agresor: uno de los miembros de la Guardia Nacional lo lesionó en una pierna. Tras verse acorralado, el agresor se suicidó con su propia arma. Entre la primera llamada y la muerte del atacante pasaron 25 minutos.
Las autoridades federales, encabezadas por la presidenta Claudia Sheinbaum, calificaron el suceso como inédito en un sitio arqueológico y han señalado, en base a las primeras pesquisas, rasgos de problemas psicológicos del agresor, con influencias externas, y han descartado por ahora un vínculo con la delincuencia organizada. El secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, sostuvo que la actuación de las fuerzas evitó más víctimas.
He aquí los hechos que permanecen: un escenario patrimonial manchado por sangre, turistas heridos y una víctima fatal; una respuesta de seguridad que intervino y que, según las autoridades, impidió una masacre mayor; y una investigación que apunta a un autor con motivaciones personales y trastornos, pero que aún requiere profundización.
Si aceptamos los hechos tal como han sido presentados, surgen preguntas irremediables sin respuesta en los reportes públicos: ¿están los recintos patrimoniales preparados para emergencias armadas contra civiles? ¿qué protocolos existen para proteger a visitantes nacionales y extranjeros en situaciones de ataque activo? ¿qué líneas de investigación seguirán para confirmar la motivación y el estado mental del agresor, y para prevenir imitaciones? Son interrogantes que no admiten retórica: exigen claridad, medidas y rendición de cuentas donde proceda.
No se trata de forzar lecturas ni de convertir dolor en consigna. Se trata de mirar los hechos con firmeza, de exigir que la protección del patrimonio y de quienes lo visitan no sea una reclamación posterior, sino una priorización inmediata. La historia de Teotihuacán merece ser preservada; la seguridad de quienes la visitan exige respuestas eficaces y transparentes.
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