No intentes esconderlo: el Goit siempre lo encuentra
El Grupo Operativo de Intervenciones Técnicas desentraña lo que otros creen imposible

Redacción · Más España


Hay quienes creen que un buen escondite es inviolable. Quien cava, empareda o fabrica una cámara en un barco piensa que ha vencido al tiempo y a la ley. Se equivocan.
El Grupo Operativo de Intervenciones Técnicas —el Goit— es la respuesta técnica y persistente del Estado a la imaginación delictiva. Con menos de cincuenta agentes, y veinticinco años de trayectoria, se desplaza por todo el territorio para abrir puertas que otros consideran imposibles y para hallar lo que se ha querido borrar: desde huecos en coches y embarcaciones hasta millones de euros emparedados y restos humanos.
No se trata solo de herramienta ni solo de músculo: es conocimiento aplicado. Ingenieros, cerrajeros, expertos en materiales, chapistas, soldadores y albañiles que, como el agente Carlos Sende, transformaron oficios manuales en pericia policial. Esa mezcla de técnica y experiencia explica que en 2025 realizaran 525 intervenciones —275 aperturas— y que hayan quintuplicado sus actuaciones en un lustro.
Los casos son elocuentes. El hallazgo de restos mínimos —la prenda de baño y un fragmento óseo en el caso de Cándido Español— habla de búsquedas hechas a mano, con máquinas y con la paciencia de quien sabe que el detalle mínimo puede sostener una acusación. La detección de 4.000 kilos de cocaína en estructuras diseñadas ad hoc de un mercante pone de relieve la capacidad para estudiar planos, entender esloras y recorrer horas de inspección con método y concentración.
Cuando la evidencia está enterrada entre toneladas de residuos, como ocurrió en el vertedero de Toledo en la búsqueda del niño Ángel, la estrategia cambia: estudiar la maquinaria, consultar a quienes trabajan cada día en el lugar, repensar la búsqueda, y sobre todo, trabajar despacio y con meticulosidad. Esa constancia convierte al Goit en una herramienta afilada y versátil, en palabras de su propio jefe.
Que alguien crea que un cadáver, un fardo de droga o millones escondidos están a salvo es un error peligroso. La formación y la creatividad de estos agentes desmontan la teatralidad del ocultamiento: juntas más blancas, tierra removida, enchufes que no son lo que parecen, planos enmarcados de buques mercantes, intuición y técnica ensambladas.
La lección es patriótica en su fondo: el Estado dispone de instrumentos competentes para recuperar lo que el crimen pretende borrar. No hay escondite perfecto para quien conoce el material, las resistencias, los puntos débiles y, sobre todo, la paciencia necesaria para buscar hasta encontrar. Esa es la garantía mínima que esperan las víctimas y la sociedad: que nadie pueda creerse al margen de la ley por haber sabido cerrar una puerta o emparedar un botín.
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