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No hay paz sin verdad: la memoria que incomoda a quienes blanquean a ETA

Borja Giménez recuerda el asesinato de su padre y denuncia una estrategia de normalización que rehúye el arrepentimiento real

Redacción Más España

Redacción · Más España

2 de mayo de 2026 3 min de lectura
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No hay paz sin verdad: la memoria que incomoda a quienes blanquean a ETA
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Hay fechas que dividen la vida de un país en un antes y un después. Para Borja Giménez, el antes y el después se llamaron 6 de mayo de 2001. Aquél día, cuando iba con su padre a ver un Zaragoza–Numancia en La Romareda, un hombre llamado 'Ata' disparó por la espalda y remató con un tiro en la cabeza a Manuel Giménez Abad, entonces presidente del PP en Aragón. Borja tenía 17 años; su padre, 52. Son datos que no se diluyen.

El relato no admite lirismos: dos tiros por la espalda, uno último cuando ya yacía en el suelo; la mirada del asesino, la mandíbula, la huella viva en la memoria del hijo que ya nunca fue solo. Borja reconoce haber identificado a 'Ata' por su mirada y su mandíbula. Y no desea ningún abrazo ritual con quien quitó la vida a su padre: respeta a quienes busquen consuelo, pero afirma con claridad que él no tiene “el más mínimo interés” en ese encuentro.

Esa firmeza personal tiene traducción política. Desde su escaño en el Parlamento Europeo, Giménez observa con inquietud la concatenación de decisiones que llaman a una normalización: retorno de presos de ETA a cárceles del País Vasco, transferencia de competencias de prisiones al Gobierno vasco y, ahora, las libertades condicionales que se están aplicando. Lo califica de “preocupante y lamentable” y lo interpreta como parte de “una estrategia calculada”.

No es una sospecha menor: Giménez sostiene que muchos de los arrepentimientos que han emergido no son sinceros sino diseñados por “el entorno y los abogados”. Señala, además, que hay aún “300 asesinatos sin resolver” y que, si hubiese verdadero arrepentimiento, lo elemental sería ofrecer toda la información disponible para reparar a las víctimas. Esa exigencia de verdad es la que reclama como condición mínima para hablar de reconciliación.

El eurodiputado no se guarda una opinión para personajes concretos. Evoca la frase de Arnaldo Otegi el día del asesinato de su padre —“menos lágrimas de cocodrilo”— y la contrapone con la etiqueta que algunos le otorgan: “ese es el 'hombre de paz'”. Es una ironía que golpea: ¿qué paz puede invocarse si las palabras de entonces se miden con la sangre de hoy?

Y hay casos recientes que alimentan su desconfianza: la carta de Txeroki, que afirma sentir “daño” y “reconocer” su participación, encaja en el patrón que denuncia Giménez. Porque la política del arrepentimiento, en su diagnóstico, sin verdad ni aportación de datos para resolver crímenes, no es consuelo sino mascarán para una estrategia de normalización.

La memoria que reclama Giménez es inflexible en su lógica: reconocimiento completo de los hechos, colaboración con la verdad y reparación a las víctimas. Sin ello, cualquier gesto queda en apariencia y no en justicia. No se trata de venganza sino de exigir que la democracia no ofrezca atajos a quienes causaron horror y dejaron cuentas pendientes.

Ese reclamo no es privado: es un aviso público. Cuando la reconciliación se pretende sin explicar los asesinatos que quedan abiertos, cuando el arrepentimiento se exhibe como gesto puntual y no como aporte de verdad, la sociedad entera pierde una oportunidad histórica para cerrar heridas con justicia. Borja Giménez, con la memoria de su padre aún presente, solo pide lo elemental: que la paz que se proclama en los discursos tenga el fundamento de la verdad para las víctimas.

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