Moreno renuncia a voces foráneas; Montero las reúne y las exhibe
Dos campañas, dos estrategias: la sosegada personalización del PP frente al abrazo colectivo del PSOE

Redacción · Más España


En apenas dos jornadas de campaña han quedado patentes, con nitidez casi didáctica, las dos almas que pugnan por los votos andaluces: una campaña diseñada para la foto íntima y el apaciguamiento, otra que apuesta por la masa, el ruido y el respaldo externo.
María Jesús Montero salió envuelta entre pancartas, batucadas y gritos en favor de los servicios públicos junto a CC OO y UGT. Fue el arranque que busca levantar, con presencia y sonoridad, la bandera de la sanidad pública como eje de su mensaje y, al mismo tiempo, el abrazo visible de líderes nacionales que llenan recintos: Pedro Sánchez entre ellos, y hasta la llamada de figuras como José Luis Rodríguez Zapatero. Es una apuesta por el arrope, por envolver la candidatura en colectivos y por la movilización.
Juan Manuel Moreno eligió otro terreno: un acto pequeño y reposado con empresarios en un “diálogo estratégico”, la promesa de una consejería de inteligencia artificial y una campaña basada “en una conversación afectiva con los andaluces”. Imágenes al por mayor —con perros en centros de acogida, en procesiones, romerías y ferias— y un mensaje personalista que evita incorporar a figuras nacionales del partido. “No queremos a nadie de fuera, salvo los que sean de aquí”, resume la decisión de su equipo, que incluso ha dejado al margen al líder nacional del PP en la campaña.
La desconfianza no es capricho: se recuerda las meteduras de pata del pasado y los choques de discurso que llegaron a fracturar campañas previas. Moreno prefiere sustraerse a riesgos y opta por una campaña desideologizada, plana y cauta, diseñada para no tropezar antes del objetivo: conservar el Gobierno andaluz.
El PSOE, por el contrario, pone en juego la marca y busca transformar la presencia de Sánchez —que llena recintos— en votos autonómicos. Hay, sin embargo, una paradoja estadística: la encuesta del CIS con 8.000 entrevistas señala una intención de voto a Sánchez en generales del 28,7% frente al 22,1% a Montero en las andaluzas. Es ese segmento —un espacio potencial de medio millón de votantes según interpretaciones de la dirección socialista— al que se dirige la campaña que necesita “aliados institucionales” y la movilización del electorado.
Los estrategas de ambos bandos parecen leer el mapa de la misma manera pero con brújulas distintas: el PSOE tira del colectivo y de la batalla por los servicios públicos; el PP apuesta por la cercanía personal y por evitar errores. En el calendario inmediato está, además, el debate a cinco de RTVE, que el PP afronta «sin correr riesgos», pertrechado con la denuncia del supuesto maltrato y agravio a Andalucía.
Lo que está en juego no son solo votos dispersos sino dos formas de narrar la política: la de la masa organizada y la del líder que vende cercanía y carisma. En estos días andaluces, la campaña es también un espejo: muestra quién quiere que le arropen y quién prefiere prescindir de las voces foráneas que puedan desacompasar la melodía cuidadosamente afinada de su mensaje.
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