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Moncloa Producciones: la factoría del relato que nunca se retrata

La industria del poder produce historias propias; faltan quienes cuenten la nuestra

Redacción Más España

Redacción · Más España

2 de mayo de 2026 2 min de lectura
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Moncloa Producciones: la factoría del relato que nunca se retrata
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La industria del relato ha encontrado en Moncloa un taller prolífico. «Moncloa Producciones», en la ironía del apodo, ha demostrado ser una eficaz fábrica de contar, con estrenos constantes, pero con la singularidad de que nunca parece convertirse en objeto de esas mismas películas. Es una circunstancia que obliga a preguntarse: ¿quién contará este tiempo cuando el poder escribe y produce su propia trama?

La aceleración tecnológica añade una capa nueva de urgencia. Si en Hollywood ya se frotan las manos y en algunos casos se asoma el pánico ante aplicaciones capaces de recrear secuencias con rostros y estilos de cineastas clásicos, ¿cuánto tardaremos en ver largometrajes generados íntegramente por inteligencia artificial? Los ejemplos tempranos —clips que imitan a Michael Bay, recreaciones de estrellas como Brad Pitt o Tom Cruise, y la recreación de un Val Kilmer fallecido— muestran que la evolución puede ser vertiginosa.

En España, el vacío creativo en clave política resulta llamativo. Hemos tenido sátiras y retratos afilados en otras épocas —las películas de Fernando Colomo o las obras tardías de Berlanga se citaron por su capacidad para captar un tiempo— pero ahora, con tanta materia prima, la pantalla no está ofreciendo un reflejo a la altura. Santiago Segura hizo su «Torrente, Presidente» en clave de sátira; no obstante, la sensación es que la radiografía del presente queda por debajo de lo que merecería y de lo que podría ofrecerse.

No faltan ingredientes para el cine o el thriller político: investigaciones periodísticas como la de Ketty Garat, reunidas bajo títulos rotundos como «Todos los hombres de Sánchez», trazan relatos de tramas, nombres y protagonismos que podrían nutrir producciones en tono de investigación y denuncia. Pero el riesgo es que ese material se quede en hipotético, en derechos que no terminan de materializarse en pantalla.

Tal vez la razón no sea la falta de interés del público sino la proximidad del poder a la capacidad de contar; quizá el talento creativo relevante ya trabaje, directa o indirectamente, al servicio de las factorías del relato oficial. El resultado es una cartelera con estrenos frecuentes de una industria que, no obstante, evita voltear el objetivo hacia sí misma.

Queda, además, la incógnita tecnológica: si la inteligencia artificial permite reconstruir, inventar o reescribir rostros y momentos con fidelidad inquietante, ¿será ese impulso el que acabe por mostrar sin cortapisas la realidad política española? O, por el contrario, ¿veremos una proliferación de relatos que consoliden versiones convenientemente pulidas?

Conviene estar atentos a la pantalla. Porque, entre efectos especiales y guiones oficiales, lo que está en juego es la capacidad de la sociedad para verse y comprenderse. Y si nadie cuenta con valentía lo que sucede entre despachos, comisiones y pasillos, la ficción —sea humana o creada por algoritmos— correrá el peligro de convertirse en la verdad hegemónica.

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