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Llevando la guerra 2.000 km: la otra cara del conflicto que ya golpea dentro de Rusia

Desde una base secreta en el este de Ucrania, drones de largo alcance transforman el mapa del combate y atacan las arterias energéticas del enemigo

Redacción Más España

Redacción · Más España

2 de mayo de 2026 3 min de lectura
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Llevando la guerra 2.000 km: la otra cara del conflicto que ya golpea dentro de Rusia
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El relato que brinda la propia cobertura de la BBC no admite aplausos ni reprimendas incómodas: la guerra ha cambiado de fisonomía y lo hace a ras de cielo. Desde una base de lanzamiento secreta en el este de Ucrania, una unidad especializada en sistemas no tripulados prepara y lanza dispositivos que, según su comandante Robert Brovdi, ya alcanzan objetivos a entre 1.500 y 2.000 km dentro del territorio ruso.

Ese mismo comandante proclama que su fuerza —las Fuerzas de Sistemas No Tripulados— representa apenas el 2% del ejército ucraniano y, sin embargo, atribuye a esa porción la responsabilidad de un tercio de todos los objetivos destruidos en el campo de batalla. Datos que, en la narración, se combinan con cifras relativas a bajas y efectividad: una tasa de pérdidas anual inferior al 1% y operaciones filmadas y registradas para verificación en tiempo real.

No se trata solo de alcance técnico. Las nuevas capacidades permiten elegir blancos con criterio: personal militar, instalaciones productivas y, de manera destacada, las exportaciones energéticas rusas. El propio Brovdi justifica los ataques contra refinerías y terminales en la explicación que ofrece al entrevistador: si esos recursos se traducen en dinero que financia la maquinaria bélica adversaria, pasan a ser objetivos militares legítimos.

El efecto reportado no es teórico. Volodímir Zelenski califica esos golpes de "muy dolorosos" para Moscú y los atribuye a pérdidas "críticas" y millonarias en su sector energético. La BBC documenta que en localidades rusas como Tuapse, en la costa del Mar Negro, residentes relatan consecuencias directas —como lo que describen como lluvia tóxica— tras oleadas de ataques a refinerías.

La base que la BBC visitó no es un parapeto improvisado, sino una instalación subterránea con cámaras de control, cápsulas para descanso y filas de operadores que supervisan las transmisiones de pilotos con alias. La imagen es la de una guerra tecnificada: mandos, pantallas, pitidos constantes y un marcador visible con objetivos alcanzados, actualizado en tiempo real.

El salto tecnológico es parte de la explicación: drones de fabricación nacional, más baratos y con mayor autonomía, amplían el radio de acción —el modelo observado por la BBC alcanza ahora más de 1.000 km, y otros superan el doble— y permiten que los combates trasciendan la línea del frente, trasladando la confrontación al corazón mismo del territorio rival.

No hay en la crónica concesiones a la retórica: se relatan hechos, testimonios y repercusiones económicas y humanas. Brovdi afirma que su unidad contiene el avance ruso y que ha alcanzado, en la última semana, a oficiales del servicio de seguridad ruso FSB en territorio ocupado, además de varias instalaciones energéticas dentro de la Federación Rusia.

La escena descrita por la BBC interpela a cualquier observador: una fuerza pequeña, tecnificada y móvil reivindica un impacto estratégico notable, y concentra sus esfuerzos en golpear aquello que, según su criterio, financia la agresión. Lo que hasta hace poco era retaguardia tranquila deja de serlo. Lo que era infraestructura económica se transforma en objetivo militar. Y la guerra, una vez más, demuestra que evoluciona con las herramientas que están a mano.

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