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La sangre menstrual: una verdad ignorada que exige atención pública

Lo que el flujo mensual revela sobre la salud femenina y por qué la ciencia debe traducirlo en diagnóstico accesible

Redacción Más España

Redacción · Más España

14 de marzo de 2026 2 min de lectura
La sangre menstrual: una verdad ignorada que exige atención pública
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La historia de Emma Backlund no es una excepción y debería dejar de ser una rareza en nuestras conversaciones públicas. Tardó 13 años en recibir un diagnóstico de endometriosis; durante ese tiempo sufrió náuseas, pérdidas de actividades y un dolor que calificó de "ardiente, punzante y desgarrador". Su caso ilustra una realidad inapelable: la medicina ha prestado mucha menos atención de la debida a lo que las mujeres expulsan cada mes.

La endometriosis afecta —según los datos citados— a 190 millones de personas en todo el mundo, aproximadamente una décima parte de las mujeres en edad reproductiva. Y, sin embargo, el camino hasta la confirmación médica habitualmente exige una laparoscopia y se prolonga entre cinco y doce años. Es una demora insoportable que tiene precio en calidad de vida y en oportunidades perdidas para intervenciones tempranas.

Frente a ese retraso clínico, surge una idea tan simple como poderosa: estudiar la propia sangre menstrual. Ese fluido complejo —que combina sangre, proteínas, hormonas, bacterias y tejido desprendido del aparato reproductor— funciona, en palabras de los investigadores, como "una biopsia natural". NextGen Jane, la startup mencionada, ha recopilado más de 2.000 muestras menstruales procedentes de más de 330 mujeres desde su creación en 2014. No es una muestra anecdótica: es un camino plausible hacia pruebas menos invasivas, más económicas y potencialmente más rápidas que la cirugía.

La comunidad científica ya detecta promesas concretas. Investigadores como Christine Metz y Peter Gregersen han estudiado a más de 3.700 mujeres y encuentran pistas alentadoras: se han identificado centenares de proteínas presentes exclusivamente en la sangre menstrual, y el efluente menstrual ofrece una visión más completa del endometrio que la biopsia estándar, limitada por la pequeñez del tejido extraído.

No hablamos de curiosidad académica: hablamos de oportunidades para detectar no solo la endometriosis, sino también condiciones como el cáncer de endometrio, la adenomiosis o la endometritis. La sangre menstrual, disponible mes a mes, permite una evaluación más holística del órgano: el endometrio desprendido es, en suma, mucho más que una muestra puntual.

El debate que propone la evidencia exige una respuesta institucional y sanitaria. Si la ciencia demuestra que la sangre menstrual puede acortar diagnósticos y revelar riesgos futuros —como sugieren estudios preliminares—, la política sanitaria debe actuar para incorporar estas pruebas en la cartera de servicios, facilitar la financiación de investigación y eliminar tabúes que penalizan a las mujeres. Ignorar una fuente de información tan rica porque incomoda no es prudente: es negligencia.

No se trata de promesas milagrosas ni de sustituir rigurosidad por entusiasmo. Se trata de reconocer hechos: años de sufrimiento evitable para millones; empresas y equipos de investigación que ya reúnen datos relevantes; biomarcadores y proteínas exclusivas detectadas en un fluido hasta ahora desatendido. A partir de esos hechos, la consecuencia política y social es clara: priorizar, financiar y facilitar la traducción clínica de este conocimiento, para que casos como el de Backlund no sigan siendo la norma sino la excepción.

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