La quiebra de la llamada 'Iglesia catalana': realidad sobre leyenda
La práctica religiosa en Cataluña desmiente el relato independentista sobre una Iglesia propia

Redacción · Más España


La secularización no entiende de proclamas. Lo que durante décadas se vendió como una "Iglesia catalana" resulta hoy más ficción que institución: la realidad demográfica y pastoral en Cataluña desmiente el relato que algunos sostienen con obstinación.
Que la gran mayoría de la práctica religiosa vigente esté encabezada por comunidades mayoritariamente castellano hablantes y por la inmigración hispanoamericana es un dato que no admite adjetivos. Las parroquias más pujantes de Barcelona aparecen en zonas conservadoras de la parte alta y en distritos periféricos como Nou Barris, donde se concentra la inmigración. Contrasta con la Cataluña rural, antaño católica y hoy con iglesias vacías, municipios sin primeras comuniones y sacramentos que casi han desaparecido.
La parábola de este declive y de la pérdida del vínculo entre nacionalismo y catolicismo se hizo patente en la Vigilia presidida por el Papa León XIV en Montjuïc. El estadio lleno mostró, según el recuento sociológico del acto, jóvenes y familias de parroquias conservadoras y una nutrida representación hispanoamericana. Abundaron las banderas españolas y faltaron las esteladas; cuando desde el escenario intentaron impulsar cánticos de identificación local, el público replicó con lemas conocidos de Madrid. El imaginario diferencial que algunos pregonan no apareció.
Lo mismo se observó en Montserrat, espacio tradicionalmente símbolo del nacionalismo, donde las banderas vaticanas superaron en número a las catalanas y las esteladas resultaron residuales. Incluso el reducido grupo que portó esteladas cerca de la Sagrada Familia, según la crónica, no participa de la vida religiosa habitual: son quienes han abjurado de la llamada "Iglesia catalana".
Hay antecedentes y anécdotas que ilustran este viraje. En 2003 Romà Casanova dijo que "la iglesia catalana no existe, sino que se debe hablar de la Iglesia en Cataluña"; entonces sufrió un escrache que hoy resulta difícil de imaginar, porque aquellas hordas activistas han envejecido o desaparecido sin relevo. La entidad Església Plural, principal promotora del boicot, se disolvió en 2019 por falta de efectivos. Uno de sus últimos integrantes reconoció cruda la realidad: la gente moría o se cansaba y quedaban dos o tres.
Además, la controversia pública se centró en cuestiones lingüísticas durante la visita papal: comparaciones sobre el uso del catalán con la misa de Benedicto XVI, un dossier en castellano que omitía partes en catalán y la tormenta política alrededor de si el Papa habló o no en catalán. Ese debate, muy ruidoso, terminó por no alterar que el Papa empleara un bilingüismo real.
No faltaron los aspavientos de la política. Carles Puigdemont afiló su retórica y calificó al colegio cardenalicio con insultos, y la animadversión contra el cardenal Juan José Omella —acusado de impedir intervenciones en catalán— ya tiene antecedentes en episodios anteriores, como la intervención en el funeral por las víctimas del atentado de La Rambla. Pero la disputa política y mediática no cambia el hecho tangible: la práctica religiosa en Cataluña ha cambiado de actores y de paisaje social.
La conclusión, durísima para quienes sostienen identidades clericales regionales, es clara: la antigua asociación entre catalanismo y catolicismo ha dejado de describir la realidad social catalana. Nadie puede resistir la evidencia de parroquias juveniles donde se confirma a decenas de adolescentes en barrios humildes, frente a comarcas rurales que agonizan litúrgicamente. Si la política quiere seguir hablando de "Iglesia catalana", que no confunda el deseo con la demografía y la práctica evangelizadora que sí existe, pero con rostros y banderas que no coinciden con aquel mito.
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