La grieta milenaria que vuelve a encender Medio Oriente
Sunitas y chiitas: raíz religiosa y cartografía del conflicto reciente

Redacción · Más España
La historia no es un telón que se cierra: es un escenario que vuelve a abrirse. Lo sucedido tras los ataques combinados de Estados Unidos e Israel —y la respuesta iraní con misiles y drones contra vecinos de mayoría suní aliados de Washington— coloca de nuevo en primer plano una división que nació en el año 632 y que todavía ordena alianzas y rencillas.
No se trata sólo de bombas y represalias. Es la traducción contemporánea de una pugna por legitimidad: los chiitas, que surgieron como la «Shiat Ali» o partido de Alí, reclaman la continuidad de un liderazgo ligado a la familia del profeta; los sunitas, que constituyen la mayoría —se estima alrededor del 90%—, se reconocen en la tradición de la sunna y en un liderazgo más ligado a estructuras estatales y a escuelas legales codificadas.
Ese cisma religiosos y doctrinal reverbera hoy en la geopolítica. Irán, país de mayoría chiita, y Arabia Saudita, potencia suní, han proyectado durante décadas su rivalidad sobre teatros como Siria, Líbano, Irak y Yemen. Tras el ataque que acabó con el líder supremo iraní Alí Jamenei, Hezbolá —milicia chiita aliada de Teherán— lanzó cohetes y misiles sobre Haifa; Israel replicó atacando a Hezbolá en territorio libanés. Así se abre un nuevo frente que combina intereses estratégicos con lealtades confesionales.
No son sólos los estados: actores no estatales agravan la tensión. Los hutíes de Yemen, también identificados con la corriente chiita y aliados de Teherán, son observados con inquietud por estrategas estadounidenses e israelíes por su historial de ataques a buques en el estrecho de Ormuz. Al mismo tiempo, grupos kurdos, sunitas y dispersos entre Irak, Turquía e Irán, han anunciado planes desde el exilio para entrar en territorio iraní y sumarse a la confrontación contra las fuerzas de los ayatolás.
La división entre sunitas y chiitas no es sólo historia; tiene rituales, teologías y prácticas jurídicas distintas: el chiismo lleva en su memoria el martirio de Hussein y los duelos que marcaron su identidad; el sunismo proclama la continuidad de la tradición comunitaria y ha visto históricamente a sus líderes religiosos bajo control estatal en muchas regiones. Y donde la fe marca comunidades enteras, la política tiende a transformar la diferencia en frontera.
¿Puede desligarse la religión de la ambición regional? Los hechos recientes lo desmienten. Los símbolos religiosos alimentan lealtades que sirven a estrategias estatales y milicianas, y la muerte de líderes o los golpes militares reordenan un tablero que no perdona vacíos de poder. La lección es clara: en Medio Oriente, la historia religiosa y la geopolítica caminan juntas, y al menor choque la tensión se transmite de mezquita a frente de combate.
Quien quiera comprender la nueva escalada debe mirar tanto al pasado como al presente: 632 no es una fecha arcaica, es el origen de un conflicto que hoy se expresa en misiles, alianzas y retaliaciones. Y mientras los actores regionales y globales mueven ficha, millones de vidas quedan a merced de una disputa que combina dogma y poder.
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