InicioActualidadPolítica española
Política española

El laberinto radioactivo que vigila a la humanidad

Un científico desciende al corazón peligroso de Chernóbil para evitar que el pasado vuelva a hundirnos

Redacción Más España

Redacción · Más España

28 de abril de 2026 2 min de lectura
Compartir
El laberinto radioactivo que vigila a la humanidad
Mas España
Mas España Logo

Hay trabajos que se describen con adjetivos solemnes; hay otros que la realidad denomina simplemente “el más peligroso del mundo”. Anatolii Doroshenko, investigador del Instituto para los Problemas de Seguridad de las Centrales Nucleares, recorre ese terreno con la compostura de quien conoce el precio del descuido.

A diez metros bajo las ruinas del reactor 4, en lo que los técnicos llaman un laberinto, todo está tocado por la radiación: suelos, paredes, equipos, hasta el propio aire. Allí Doroshenko entra al menos una vez al mes para revisar equipos, instalar medidores, tomar muestras y monitorear el combustible nuclear. No son gestos heroicos folclóricos; son rutinas calculadas que sostienen la estabilidad de lo que queda de la planta.

El tiempo es medida y salvavidas. En algunas salas la radiación obliga a completar las tareas en menos de cuatro minutos; en otras, ni siquiera es posible detenerse. El miedo existe y se convierte en herramienta: obliga a no relajar las reglas, a no dejarse embelesar por la rutina. Porque, como recuerda el propio investigador, acostumbrarse equivale a hacerse ciego ante el peligro: un guante, una pieza de metal, una esquina pueden ser trampas silenciosas.

Bajo ese sarcófago quedan, según el Organismo Internacional de Energía Atómica, unas 200 toneladas de combustible nuclear cuya recuperación se prevé que tome décadas. Mucho de ese material yace en rincones inaccesibles; bajo capas de hormigón imposibles de franquear por el ser humano, lo que obliga a mediciones indirectas para comprender los procesos que allí ocurren.

La arquitectura que protege el sitio no es simbólica: el Nuevo Confinamiento Seguro, un domo de acero que protege el reactor 4 por cien años, es la envoltura de una amenaza contenida, no resuelta. Entre tubos de agua radioactiva y formaciones de corio —esas masas que antaño se fundieron y hoy son reliquias mortales, como la llamada “pata de elefante”—, la labor científica es la última línea de defensa preventiva.

Los rituales de seguridad son estrictos y severos: múltiples capas de protección, equipos especiales en espacios angostos, puntos de control al salir, descontaminación o destrucción de ropas comprometidas, duchas obligatorias y estaciones de dosimetría. No hay orgullo en la exposición: hay procedimientos que se cumplen o la ecuación cambia.

Y sin embargo, la escena guarda una paradoja humana. Doroshenko confiesa que bajar a la unidad 4 le provoca una sensación “casi eufórica”. ¿Qué revela ese dato sino la mezcla de peligro y responsabilidad que caracteriza a quienes, a la postre, sostienen la seguridad colectiva? Es la disciplina de la ciencia frente a la entropía de un desastre que persiste en el tiempo.

No hay heroísmo grandilocuente en estos hechos, sino obligación. La estabilidad de Chernóbil depende de manos que trabajan en la penumbra, de mediciones constantes y de medidas que la técnica impone y la política debe respaldar. Si el pasado sigue ahí, enterrado y peligroso, la vigilancia no es opción: es deber de todos no permitir que la negligencia vuelva a transformarlo en catástrofe.

También te puede interesar