Cuando viajar sola deja de ser privilegio y se convierte en derecho: la seguridad que exigen las mujeres
Datos y testimonios muestran dónde las mujeres se sienten más protegidas y qué persiste como motivo de inquietud

Redacción · Más España


El auge de la viajera en solitario no es una moda caprichosa: es una revolución silenciosa que reconfigura rutas, alojamientos y prioridades. Las búsquedas de "viajes en solitario para mujeres" han crecido un 30% en cinco años y las mujeres mayores de 50 emergen como uno de los segmentos de mayor expansión. Esa estadística no es un número frío: es la declaración de miles de ciudadanas que reclaman autonomía, movilidad y seguridad.
Sin embargo, junto al impulso hay cautela. En la encuesta de febrero de 2026 de Talker Research para Road Scholar, el 59% de las encuestadas señaló que caminar de noche es su mayor preocupación al viajar sola. Y, de manera rotunda, las mujeres citan la seguridad con más frecuencia que los hombres cuando explican por qué aún no se han lanzado a un viaje sin compañía. Son datos que obligan a la prudencia: no basta con la oferta turística si no existe la confianza de poder desplazarse sin riesgo.
Frente a ese desafío, existen territorios que se han ganado la confianza de las viajeras. El informe Mujeres, Paz y Seguridad (WPS) de la Universidad de Georgetown, cruzado con el índice de Paz Global, ofrece una radiografía que ilumina dónde la inclusión, la justicia y la seguridad de las mujeres mejoran la experiencia de viajar en solitario.
Costa Rica aparece como un ejemplo palpable: ha subido del puesto 60 al 34 en el índice WPS, un ascenso que refleja avances en inclusión y seguridad. No es baladí que lugares como Santa Teresa y Nosara atraigan a surfistas, nómadas digitales y expatriados; ese mosaico social facilita conocer gente y sentirse acompañada aun viajando sola. Operadores y expertas recomiendan, con buen criterio, empezar el viaje con actividades grupales —clases de surf, excursiones guiadas— y elegir alojamientos con vida social en lugar de retiros aislados.
Europa también muestra escenarios seguros. Estonia, en su mejor posición histórica en el WPS (puesto 11) y con un lugar destacado en el índice de Paz Global, se describe en relatos de viajeras como un país fácil de recorrer: Tallin y su casco antiguo, las calles empedradas, los museos y túneles medievales se convierten en un territorio seguro para la exploración independiente. Testimonios directos hablan de tranquilidad y confianza para moverse a pie y descubrir, por cuenta propia, los rincones menos obvios.
La historia que nos cuentan los datos y las voces es doble: por un lado, el empoderamiento y la creciente autonomía de las viajeras; por otro, la persistencia de temores concretos que condicionan decisiones. España y el resto de países que dependen del turismo harían bien en tomar nota: si quieren atraer a ese segmento creciente, no alcanza con promocionar playas o patrimonios; hay que ofrecer seguridad tangible en el día a día.
Que la mujer viaje sola y decida hacerlo por deseo propio debería ser condición suficiente para recibir la protección que exige la libertad de movimiento. No es exagerado decir que el turismo del futuro se jugará tanto en la oferta de experiencias como en la garantía de poder recorrerlas sin miedo. Escuchar las encuestas, analizar índices y atender los testimonios es la hoja de ruta: fomentar actividades sociales en los destinos, mejorar percepción de seguridad nocturna y consolidar políticas que incrementen la inclusión y la justicia para las mujeres son pasos no optativos sino obligatorios.
Si la cifra del 30% de crecimiento y el 59% de inquietud nocturna dicen algo, es esto: las mujeres viajan más, pero aún evalúan el riesgo. Gestionar esa tensión es una responsabilidad colectiva. No es solo turismo; es libertad, dignidad y seguridad pública puesta a prueba en cada callejón, en cada playa, en cada plaza donde una mujer decide caminar sola.
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