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Cuando la rabia se viste de patriotismo y nos empobrece la vida

La senda de la violencia y el ultra nacionalismo amenaza el futuro que prometimos a los jóvenes

Redacción Más España

Redacción · Más España

25 de marzo de 2026 2 min de lectura
Cuando la rabia se viste de patriotismo y nos empobrece la vida
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La disputa sobre si los jóvenes vivirán mejor o peor que sus padres se ha instalado como un mantra resignado. Nadie lo cuestionó a tiempo. Pero esa falsa certidumbre no es un dato económico, es una guerra de interpretaciones: se enfrenta a generaciones como si fueran enemigos y olvida a los responsables reales de privarles de futuro.

En ese paisaje de desconfianza se filtra una tentación peligrosa: la seducción por liderazgos autoritarios que hacen uso de la fuerza y proclaman un ultranacionalismo cómodo para los simplistas. La noticia es clara y fría: una parte considerable de la juventud se ha dejado atraer por esa narrativa. Por ese camino, la vida colectiva se empobrece; la convivencia se resiente y, en última instancia, se vive peor.

No es una cuestión puramente económica. El texto que tenemos delante recuerda que las sociedades progresaron cuando apostaron por la ampliación de libertades: cuando implicaron a las mujeres, cuando extendieron derechos a las minorías, cuando integraron a los inmigrantes en la construcción del país. Esos avances no son retórica: son las palancas que elevan la calidad de vida de todos.

Frente a ello, el rumbo contrario —la exaltación de la violencia, la agresividad y una virilidad política que confunde fuerza con destino— actúa como una máquina de retroceso. Es un camino que promete grandeza con eslóganes y entrega miseria real en la cotidianidad. Vivir peor es fácil: basta con dejarse arrastrar por causas equivocadas.

La inmigración aparece en el relato como un ejemplo vivo del coste humano de no valorar la convivencia. Son los inmigrantes, señala el artículo, quienes a menudo conservan la moral del esfuerzo y sacrifican para ofrecer a sus hijos una vida mejor. Esos hijos, cuando se les protege y se les integra, vivirán mejor y sabrán reconocerlo. Lo contrario —considerar al inmigrante como enemigo interior— desactiva una de las fuentes más claras de mejora colectiva.

Si queremos evitar que la generación actual termine por justificar la profecía de vivir peor, la política pública y el debate social deben virar hacia la inteligencia cívica: educación, respeto a las libertades, reconocimiento del mérito del trabajo ajeno y la integración de quienes vienen a contribuir. Nada de esto es panfletario: es la constatación de que la actitud personal condiciona el desarrollo colectivo.

No hay alquimia que transforme rencor en prosperidad. Si aspiramos a un país más fuerte, no podemos permitir que el atajo de la fuerza y la exclusión sustituya al esfuerzo compartido. Defender la convivencia no es concesión: es inversión en el futuro. Quien siembra odio, acabará cosechando pobreza de convivencia y, con ella, vidas peores.

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