Borja Sémper vuelve y marca la línea: mejor un PP sin coalición con Vox
Regresa tras superar un cáncer y reivindica la moderación frente a la degradación pública

Redacción · Más España


Hay regresos que son más que un acto personal: son un desafío al ruido y a la confusión. Borja Sémper, diputado vasco y portavoz del PP, reapareció tras diez meses apartado por un cáncer de páncreas para colocar en el centro del debate una idea sencilla y firme: la política no mejora con el espectáculo.
Feijóo le presentó con emoción y elogió su talante: «Borja no eleva el tono, eleva la política». No son palabras casuales cuando quien habla ha visto desde la distancia la degradación de la vida pública que Sémper denunciaba en el salón del Four Seasons: insultos cruzados, descalificaciones públicas, el espectáculo como sustituto del argumento. Citó, con justa ira, cómo el líder de la tercera fuerza insultó al presidente y cómo un ministro se refirió con desprecio al líder de la oposición. El diagnóstico fue claro: la política se ha contagiado de estridencias.
Desde esa perspectiva, Sémper habló con la autoridad del que ha contemplado la contienda desde fuera y ha decidido volver. Reconoció la tentación de la retirada durante su enfermedad, pero la desechó cuando entendió que tenía la oportunidad de contribuir al cambio. Volvió «por segunda vez al lado de la persona en quien más creo», en referencia a Feijóo, y lo hizo para pedir otra práctica: menos circos, más políticas.
Esa práctica pasa por una posición concreta sobre la influencia de Vox en los gobiernos del Partido Popular. Sémper sostuvo que «es mucho mejor para los ciudadanos que gobierne el Partido Popular sin llegar a coalición con otros partidos políticos, también con Vox». No obstante, no hizo del rechazo absoluto su consigna: consideró injusto condenar al PP a sólo poder gobernar con mayoría absoluta y defendió pactos como los alcanzados en Extremadura y Aragón, incluida la llamada prioridad nacional.
Sobre esa prioridad nacional, Sémper ofreció una precisión que pretende cortar la interpretación identitaria y excluyente: explicó que da ventaja por tiempo de empadronamiento para ayudas y acceso a vivienda pública y, reiteró, «aquí no influye el color de piel ni el lugar de nacimiento». En la misma línea, reafirmó su defensa de la regularización planteada cuando la Iniciativa Legislativa Popular llegó al Congreso: el PP quiso abrir un debate que, según él, se hurtó al Parlamento cuando se tramitó al margen.
Su discurso sobre la inmigración rechazó dos errores opuestos: la «izquierda de puertas abiertas» y una «derecha de deshumanización». Propuso, en cambio, «rigor»: control de fronteras y humanidad a la vez, la combinación de orden y dignidad que, dijo, debe guiar a un partido que se considera humanista y reformista.
No quiso que la enfermedad le definiera, como no quiso que su condición de víctima del terrorismo lo definiera. Volvió para hacer política con palabra precisa y talante moderado, para poner límites a la deriva del ruido y para reclamar que los pactos se midan por su letra, no por la interpretación interesada de quien es adversario.
Es un retorno que aspira a marcar la pauta: moderación sin renuncia, acuerdos sin entrega de principios, y la política como servicio, no como espectáculo.
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