Aldama ha hablado: la grieta de la hipocresía gubernamental
El testimonio desnuda una trama paralela mientras el Gobierno exhibía buenas intenciones

Redacción · Más España


Cuando un empresario entra en el Tribunal Supremo y su testimonio resuena como un estruendo, no es una anécdota: es la rendija por donde se cuela la verdad. Víctor de Aldama compareció —el 29 de abril de 2026— y narró, sin notas y con la precisión del que conoce los vericuetos del poder, el funcionamiento de una trama paralela que operaba mientras el Gobierno traficaba en público con buenas intenciones.
No es sencillo separar lo ceremonioso de lo real cuando la política inaugura grandilocuencias diseñadas para la foto. Iván Redondo puso la retórica; Koldo, según Aldama, movía los hilos en la sombra. Ébalos aparece dibujado por el relato como instrumento y pantalla: rostros que acompañan a la maquinaria. Y en la sala, incluso el juez Marchena tuvo que volver la vista para comprobar lo que acababa de oír: la narración desmentía, por sí sola, la complacencia de los discursos oficiales.
Que un empresario describa con detalle los negocios que se «pusieron turbios» no es teatro: es documento. Y cuando la escena se desarrolla al mismo tiempo que desde el Congreso se intentan captar las lealtades de la opinión pública, la colisión es inevitable. Pedro Sánchez, en otro escenario, sigue ofreciendo su versión para Horizonte España; Aldama, en el Supremo, expone la otra cara: la de los negocios que se cocinan fuera del foco mientras se pregonan virtudes al público.
La política tiene sus máscaras y la ciudadanía, tarde o temprano, exige que se las arranquen. No se trata de una pieza más en la crónica; se trata de una sombra que ha cobrado cuerpo en un relato público. Si el poder se defiende con oratoria, la justicia y la palabra de quienes narran lo vivido reclaman respuestas claras. El testimonio está allí: corresponde a la democracia convertirlo en luz o en simple rumor que pase y se olvide.
Aldama contó su versión. El país la escuchó. Ahora toca que las instituciones —y quienes detentan la responsabilidad política— expliquen, sin recursos retóricos, lo que ocurrió en ese intersticio donde las buenas intenciones se mezclaron, según el relato, con negocios opacos. No hay consuelo para la indiferencia: la política exige transparencia, o será cada vez más difícil creer en las grandilocuencias que se proclaman desde arriba.
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