Ahora lo ven y ahora no: la política que manipula inmigración y violencia
Cuando el espectáculo político convierte en pose la protección y en desaparición la amenaza

Redacción · Más España


Vi la escena como quien presencia un truco de manos: una mujer desafía a un artista llamado solidario con la frase que todos hemos oído y la respuesta devuelve el reflejo de una doble claudicación moral. "Si tanto te gustan los inmigrantes, ¿por qué no te los llevas a tu casa?" Y la réplica: "Yo me llevo a un inmigrante y usted se lleva a un maltratador y lo casa con su hija". Silencio. Comprensión tardía. El chiste se convierte en bofetada: la hipérbole sirve para mostrar otra hipocresía.
Hagámoslo simple: si ridiculizamos como pose el llamado al respeto de los derechos de los inmigrantes, con la misma fuerza hay que exagerar la persistente negación de la violencia contra las mujeres por parte de ciertos sectores conservadores. No es metáfora menor. Mientras seguimos tratando de proteger a las víctimas, los asesinatos de mujeres prosiguen. Eso convierte cualquier distorsión retórica en una traición práctica.
Ha calado, incluso entre jóvenes, la idea de que las leyes que protegen a la mujer son agravio para los hombres. Esa corrosiva narrativa busca dos vías para vaciar de sentido la protección jurídica: la negación categórica —«las leyes no sirven porque los crímenes existen»— y la insinuación gamberra —«cuidado con las denuncias falsas»—. La primera podría resumirse en una falacia: que la existencia de delitos anule la respuesta penal. La segunda siembra una psicosis que pone en duda el derecho de quien denuncia.
Recordemos un dato elemental y no menor: hay mentiras y denuncias falsas en muchos ámbitos, pero nadie propone desmontar los mecanismos de protección por ese hecho. ¿Por qué, entonces, tratar de debilitar las medidas destinadas a proteger a mujeres ante amenazas y maltrato? La respuesta no está en la evidencia, está en la política del relato.
Lo que procede exigir, según la lógica evidente del caso, son más medios y mejor funcionamiento: sistemas de protección más ágiles, procedimientos menos sometidos al vaivén subjetivo y urgente de un juez o policía de guardia, recursos suficientes para atender cada denuncia con la diligencia que exige. Si algún hombre se siente desprotegido, la llamada patriótica debería ser a sumarse a mejorar la ley, no a empobrecerla con medias verdades.
Y aquí está el ilusionismo político que lo explica todo: ofrecer regularización a quienes vivían condenados a la explotación es un "ahora lo ves"; negar que las mujeres están amenazadas es un "ahora no lo ves". La política monta el número y el público aplaude o abuchea según el guion. Pero hay vidas reales detrás del truco. No son efectos especiales.
Si queremos una nación fuerte, no podemos permitir que la retórica borre la realidad. Proteger derechos, garantizar procedimientos eficaces y no confundir postureo con soluciones no es postureo: es deber. Y ese deber reclama clarividencia, recursos y valentía para desmontar trucos, no para reproducirlos.
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