Volvemos a la Luna: ambición, peligro y la probidad del riesgo humano
Artemis II, la primera misión tripulada a la Luna en más de medio siglo, pone a prueba nuestra osadía y disciplina

Redacción · Más España


Por primera vez en más de 50 años la humanidad emprende de nuevo el camino hacia la Luna. No es una aventura casual ni un gesto simbólico: Artemis II es una misión de prueba y de alcance sin precedentes, un trayecto de ida y vuelta que llevará a cuatro tripulantes a recorrer más de 800.000 kilómetros alrededor de nuestro vecino celestial.
Que sea la primera vez en medio siglo no es mero dato nostálgico; es la medida de una ambición renovada y de una acumulación tecnológica. El Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS), el megacohete encargado del despegue desde Cabo Cañaveral, es hoy el cohete más potente construido por la NASA. Con 98 metros de altura y una configuración de dos propulsores auxiliares y cuatro motores principales, su papel es claro: poner en órbita la cápsula Orión con la tripulación dentro.
Pero hay que decirlo con crudeza: todo esto ocurre sobre el filo del riesgo. El SLS sólo ha volado una vez, en 2022, durante Artemis I, y la cápsula Orión que transportará a los astronautas nunca antes ha sido tripulada. Esa combinación de novedad tecnológica y exigencia humana convierte el lanzamiento en una de las etapas más peligrosas de la misión. Para mitigar ese peligro existe, afortunadamente, un Sistema de Aborto de Lanzamiento que puede impulsar a los astronautas a un lugar seguro si algo va mal en las etapas iniciales; incluso así, el margen de error es pequeño y la exigencia de perfección, enorme.
La cápsula Orión es pequeña: aproximadamente 5 metros de ancho por 3 de alto, un espacio que obliga a los cuatro miembros de la tripulación a convivir durante 10 días en condiciones de estrechez física. No es una mera anécdota: convivir tan hacinados reclama disciplina, sincronía y solidaridad constantes. Reid Wiseman, comandante de la misión, subraya que su equipo ha llegado al punto de funcionar sin frases superfluas: «No necesitamos hablar, simplemente sabemos». Es la forma más pura de profesionalidad colectiva.
La misión combina avances y realismos cotidianos. Dentro de Orión hay soluciones modernas que los Apolo de hace 50 años no tenían: un inodoro diseñado para el entorno espacial —aunque con poca privacidad—, estaciones de ejercicio basadas en flywheels, dispensadores de agua para rehidratar alimentos y la adaptación de paneles de control a la ausencia de gravedad. También hay gestos humanos: cada astronauta eligió sus comidas favoritas y han pasado largos periodos de entrenamiento juntos, incluidos momentos que la prensa relata como pijamadas de Artemis para acostumbrarse a la convivencia extrema.
Los cuatro viajeros —tres estadounidenses y un canadiense— suman décadas de experiencia entre ellos, aunque uno no ha volado antes al espacio. Esa mezcla de veteranía y novedad es reflejo de la propia misión: un puente entre la épica del pasado y la ingeniería del presente, con el riesgo inherente a lo inédito.
Artemis II no es el destino final sino un peldaño. Nos brindará impresionantes vistas de la Luna y una nueva comprensión de su entorno; sobre esa base se pretende allanar el camino a futuros alunizajes y, eventualmente, a la construcción de una base lunar. Aprender a vivir en otro mundo comienza con pruebas como ésta: meticulosas, peligrosas y necesarias. Y como toda empresa humana de gran calado, exige respeto por los riesgos, reconocimiento del esfuerzo colectivo y la firme convicción de que la curiosidad y la ciencia, llevadas con rigor, pueden ampliar los horizontes de la especie.
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