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Víctimas anónimas de una campaña que deja huellas imborrables

Relatos fragmentados de civiles muertos en los ataques de EE.UU. e Israel contra Irán

Redacción Más España

Redacción · Más España

25 de marzo de 2026 3 min de lectura
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Víctimas anónimas de una campaña que deja huellas imborrables
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La guerra, cuando se libra a distancia y con precisión aséptica, tiene la costumbre perversa de convertir rostros humanos en estadísticas. Durante más de tres semanas, Teherán y otras ciudades iraníes han sido objetivo de operaciones aéreas y ataques que, según los reportes, alcanzaron miles de objetivos en todo el país. Entre ese humo y ese silencio impuesto por apagones de internet, emergen, con dificultad, los nombres de algunas víctimas civiles.

Parastesh Dahaghin era farmacéutica. Estaba en su puesto de trabajo cuando explotó un edificio contiguo, sede —según informes del Centro de Documentación de Derechos Humanos de Irán— de una empresa vinculada al bloqueo de internet. Su hermano escribió que ella permaneció para atender a los heridos: "La gente me necesita; hay personas heridas". Fue abatida cumpliendo con su deber cotidiano. Una ceremonia fúnebre y fotos entre velas recuerdan ahora su ausencia.

Berivan Molani, bloguera y comerciante online de 26 años, volvió a Teherán desde el norte un día antes de morir. Testigos y amigas relatan que la familia no sabía quién vivía en la casa de enfrente, la residencia en la que, según se informa, vivía el ministro de Inteligencia. En el ataque que golpeó el barrio, equipos de rescate sacaron escombros buscando a su madre; Berivan, extraída, sufrió lesiones por aplastamiento que resultaron fatales. Una escena cruel: de las zapatillas abandonadas en la calle queda el indicio de una vida truncada.

Hay niños entre las cifras. La foto de Eilmah Bilki, de tres años, fue facilitada por el grupo kurdo de derechos humanos Hengaw: la niña resultó gravemente herida en ataques aéreos a principios de marzo y falleció al día siguiente. Organizaciones de derechos humanos documentan que, entre las bajas civiles contabilizadas, un porcentaje significativo corresponde a menores.

Los informes recogen uno de los episodios más letales: el impacto de un misil contra una escuela primaria en Minab, al inicio del conflicto. Fuentes señalan que el objetivo militar cercano era una base, y que la responsabilidad señalada por reportes apunta a Estados Unidos; el ejército estadounidense ha dicho que investiga, sin admitir públicamente que la escuela fuera alcanzada. Grupos como Hengaw identificaron decenas de niños y adultos fallecidos en esa escuela.

Las cifras que circulan —la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos (HRANA) ha registrado más de 1.400 muertes de civiles, con un 15% de ellas niñas y niños según sus reportes— dan cuenta de una tragedia en expansión. Irán, por su parte, no publica cifras claras sobre bajas militares, y existen discrepancias en los datos sobre pérdidas entre las fuerzas de seguridad.

Frente a esa realidad, las historias contadas —la farmacéutica que se quedó a atender, la joven que volvió a su casa por añoranza, la niña cuyo nombre aparece en un informe— ponen carne donde intenciones estratégicas y narrativas geopolíticas suelen buscarse impasibles. Esas pequeñas biografías, fragmentadas y filtradas a través del humo y el apagón digital, son el recordatorio brutal de lo que significa para la sociedad civil ser blanco y de cómo, a la larga, la contabilidad de daños no devuelve nombres ni camas vacías ni zapatos en la calle.

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