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Un saharaui que sonríe donde otros siembran miedo

La historia de Lamine desnuda la política y las consecuencias humanas de las alusiones diplomáticas

Redacción Más España

Redacción · Más España

11 de junio de 2026 3 min de lectura
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Un saharaui que sonríe donde otros siembran miedo
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Lamine tiene 32 años y todo en su figura desmiente las etiquetas con que algunos construyen temores: saharaui, musulmán, años sin papeles. Lo que queda, sin embargo, es la persona. Y la persona sonríe casi siempre.

Llegó a Puerto del Rosario en 2018 tras cruzar el Atlántico en una patera. Vino con heridas que no son sólo simbólicas: cojea y se apoya en una muleta; en la pierna derecha lleva una prótesis que tardó tres años en conseguir en España y aún espera una operación en la otra cadera. Busca trabajo, intenta aportar, pero el dolor y la discapacidad se convierten en barreras para un contrato estable.

Apenas pide grandes gestos. Su mayor aspiración inmediata es estrechar la mano de León XIV durante unos segundos en el muelle de Arguineguín, donde este jueves será una de las cerca de 2.000 personas —el 75% migrantes— convocadas. Si tuviera esos minutos con el Papa, dice que le saldría darle las gracias: por venir, por mirarles. No reclama un discurso de poder; reclama mirada y agradecimiento.

Su historia trae además el peso de una historia colectiva: nació en El Aaiún, sufrió desde niño la represión y las violaciones de derechos humanos que describe como persistentes por parte de Marruecos sobre el Sáhara. Dice que hizo lo que pudo para protegerse: aprender español, entender la cultura y convivir. También guarda memoria documental: reunió actas de antepasados nacidos antes de 1976 y logró una residencia por arraigo por un año, que luego no le renovaron. Relata, con certeza, que a muchos saharauis se les negó esa renovación tras 2021, y relaciona esa decisión con la necesidad diplomática de España por corregir el deterioro de sus relaciones con Marruecos después del traslado por razones humanitarias de Brahim Gali al hospital en Logroño.

Lamine señala sin ambages: "Todo viene de la política. España tiene culpa y Marruecos también". Lo dice en primera persona colectiva porque el conflicto no es sólo suyo: habla del control marroquí en las costas del Sáhara, de las aperturas periódicas de pasos fronterizos, de marroquíes que salen a Europa y son enviados por motivos que él percibe como interés político. Reclama que el mundo mire al Sáhara: "Ojalá el Papa mire para el Sáhara y vaya porque ya estamos cansados; son 53 años de ocupación y guerra con Marruecos", confiesa.

La esperanza y la espera de Lamine se cruzan en Arguineguín: aguarda "con felicidad y amor" la cita corta que puede tener con León XIV. No busca titulares bélicos ni relatos que alimenten miedos; busca reconocimiento, atención a la dignidad de los que llegaron huyendo, diagnóstico para sus dolencias y la posibilidad de trabajar. Su testimonio, sencillo y directo, desnuda con hechos la conexión entre decisiones diplomáticas y vidas concretas: documentaciones denegadas, flujos migratorios, falta de acceso rápido a prótesis y operaciones.

Si hay una lección que deja este relato, no es la retórica grandilocuente sino la constatación práctica: la política tiene consecuencias palpables en cuerpos cansados, en esperas prolongadas por una prótesis, en la renovación o la denegación de un arraigo, en la capacidad de integrarse y aportar. Y cuando un hombre que recuerda la represión y que se define como musulmán dice que quiere, simplemente, darle las gracias a un Papa por mirarles, esa petición mínima obliga a mirar y a pensar.

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