Un Congreso de gestos, bronca y poca nobleza
Un día más en la oficina: la Cámara reducida a teatro de trincheras

Redacción · Más España


La comparecencia de Pedro Sánchez en un último miércoles de marzo, convocada para hablar de la guerra iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán, dejó sobre la tribuna la misma mezcla que ya nos resulta familiar: solemnidad formal aderezada con costumbre pueblerina.
Desde la bancada se vieron miradas de reprobación —ese ladeo de cabeza tan suyo de María Jesús Montero—, se oyó un “es que es terrible” cuando el presidente habló de la regularización de migrantes y se percibió la liturgia de los aplausos, siempre iniciados por el diputado o diputada de turno que marca la pauta. Todo pequeño, todo calculado. Todo signo de que la Cámara funciona a veces más como estudio de grabación que como foro deliberante.
La crónica de la tribuna no es sólo de gestos: es de costumbres. Invitados jóvenes que dejan de bostezar cuando interviene Gabriel Rufián, porque saben que arrancará frases que prenden; asistentes que sacan el cuaderno y otros que buscan la complicidad de su grupo como si se tratase de una función privada; diputados que alzan la voz o la tensión —Rafael Hernando fue señalado como quien la sube cuando la sala languidece—; y ese notable desapego que se revela cuando, tras la intervención de los líderes, muchos consideran que está permitida la distracción —móviles, cuchicheos, huidas al café— hasta que vuelva a hablar el que gobierna. Qué señorío el de sus señorías.
El intercambio de discursos apenas ofreció sorpresa en lo sustantivo. Sánchez pidió empatía, se acordó de Aznar e intentó contar algo interesante con la desgana de quien reserva fuerzas para lo que viene después. Feijóo respondió con un “no a la guerra y no a usted”, criticó lo que llamó “dogmatismo climático” y no citó ni una sola vez a Donald Trump ni a Benjamin Netanyahu; además dejó entrever su animadversión hacia Yolanda Díaz. Abascal, una vez más, sacó sus tarjetitas y repitió lo de siempre, con aportaciones peculiares como afirmar que a Sánchez “le gustan las pandemias”.
Y así se impuso, una vez más, la abrumadora sensación: reducimos el parlamentarismo a un batirse en duelo. Se abusa de palabras como valentía, cobardía, ganadores y perdedores; se demanda constantemente al adversario que demuestre que tiene lo que hay que tener. El resultado es pobre en altura y agotador en tono.
Lo cierto es que, entre bronca y bronca, hay destellos de intención. Pero esos destellos naufragan en la rutina: la política llena de barro y, de vez en cuando, de buenas intenciones. Qué pobreza, qué tristeza, qué cansancio. Qué patria tan pequeña se nos está quedando.
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