Tener empleo ya no garantiza salir de la pobreza: la grieta entre cifras y realidad
Mientras el gobierno celebra la caída de la pobreza, estudios y testimonios revelan que el trabajo formal no protege a millones

Redacción · Más España


La voz de Antonela —37 años, empleada de un instituto privado de bioquímica en Buenos Aires— condensa una verdad incómoda: trabaja de lunes a sábado, con formación universitaria y un salario por encima del mínimo, pero aun así «está en modo supervivencia». Su historia no es un caso aislado; es síntoma.
Institutos públicos y consultoras privadas coinciden: tener trabajo registrado ya no es un reaseguro contra la pobreza en Argentina. Roxana Maurizio, directora del área de Empleo, Distribución e Instituciones Laborales del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de la UBA, lo sintetiza sin rodeos: el empleo dejó de garantizar salida de la pobreza para muchos. Ese diagnóstico lo confirman los análisis que denominan a este fenómeno como «trabajadores pobres»: personas ocupadas cuyos ingresos laborales no alcanzan para cubrir la canasta básica.
Las cifras públicas y privadas describen la contradicción. El Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec) reportó una caída de la pobreza al 28%, su nivel más bajo en siete años; el gobierno —a través del ministro de Economía, Luis Caputo— atribuye esa baja al crecimiento económico, la desinflación y el refuerzo de programas sociales sin intermediarios. Pero desde otros observatorios hay reparos: economistas y consultoras advierten que esa baja tiene matices metodológicos y que otros indicadores, como los salarios reales y las jubilaciones, registran una tendencia a la baja.
Los estudios privados confirman que la precariedad laboral es la otra cara del descenso estadístico. La Fundación Mediterránea señaló que uno de cada cinco trabajadores en Argentina es pobre. Y el panorama empeora entre quienes laboran en la informalidad: el análisis del Instituto Interdisciplinario de Economía Política eleva la proporción de "trabajadores pobres" a uno de cada tres en el sector informal.
Ese entrelazamiento de datos y vivencias trae consecuencias palpables: salarios mínimos que, según especialistas citados en los informes, han retrocedido respecto a referencias previas, empleos registrados que pierden capacidad adquisitiva y un mercado laboral marcado por la precariedad. Analistas como Daniel Schteingart de Argendata-Fundar alertan sobre el impacto que las variaciones metodológicas pueden tener en la medición de la pobreza, y recuerdan que la caída estadística también se compara con un pico previo ocurrido tras la devaluación de inicio de gestión.
La combinación es tóxica: por un lado, un gobierno que exhibe números favorables; por otro, millones que sienten en su día a día que el salario ya no alcanza. La narrativa oficial y la experiencia cotidiana convergen en una pregunta urgente que el país no puede eludir: ¿cómo revertir la precariedad laboral y devolver al empleo su papel de garante de dignidad y capacidad de subsistencia? Sin respuestas creíbles y cambios estructurales en salarios, empleo formal e instrumentos de protección social, la celebración estadística corre el riesgo de convertirse en un brindis de fachada mientras crece el ejército silencioso de los trabajadores pobres.
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