Su cuerpo de Cristo, mi cuerpo mío: la teología como artimaña
Cuando la doctrina se convierte en excusa para imponer la última palabra

Redacción · Más España


Llegué a Madrid y entablé amistad con una joven que, al saber que me había confirmado a los dieciocho años, me pidió que le aclarase el misterio de la Santísima Trinidad. Lo que siguió fue una mezcla de ingenuidad y sentido común: «¿Quién es el Padre? ¿San José?». La confusión hizo reír; la mirada que la acompañó no era burla sino pena. En su colegio laico le enseñaron a respetar las creencias. En el mío, católico, me habían reprendido un cura por defender el aborto en un debate escolar. Aquella reprimenda tenía un sentido claro que tardé años en entender: había osado decir que mi cuerpo me pertenecía.
Esa experiencia personal, mínima en apariencia, revela una práctica de larga duración: usar conceptos teológicos como si fuesen fichas de un juego de manos, como canicas de trile. Se coloca el misterio, la palabra última, la sacralidad del símbolo, y con gesto magistral se desvía la atención para que quien manda conserve la última palabra. No afirmo aquí nada que no aparezca en mi recuerdo y en lo que viví: me protestaron por insinuar la pertenencia del propio cuerpo. Tampoco invento motivos —simplemente constato el efecto—: la teología se presta, en ciertos ámbitos, a convertirse en coartada para imponer moral pública.
No es capricho retórico señalar que esa dinámica llega hoy a nuevas fronteras. El mismo interés por controlar narrativas religiosas se proyecta sobre tecnologías emergentes: preocupa, legítimamente, que quien defiende una moral totalizante intente influir sobre el cerebro de la inteligencia artificial, no sea que ésta otorgue, en sentido amplio, permisos que choque con su doctrina sobre el aborto. Esa preocupación aparece en el relato público y en las reflexiones sobre quién debe tener voz y decisón en los límites éticos.
No se trata de desestimar las creencias: es obvio que la sociedad plural convive con muchas convicciones íntimas. Pero cuando las creencias se usan como mecanismo para clausurar el debate y adjudicarse la última palabra sobre cuerpos, decisiones y tecnologías, la convivencia se fractura. La anécdota de la Trinidad y la reprimenda escolar son un espejo modesto y elocuente: lo que para unos es misterio y autoridad, para otros es límite sobre la autonomía personal.
Que cada cual profese su fe; que cada institución vele por sus valores. Pero que nadie consiga, por la vía del enigma teológico o de la posesión de la palabra sagrada, convertir la vida ajena en territorio exclusivo de su jurisdicción moral. La historia de esos «truquitos» discursivos es larga; la resistencia civil y crítica debe ser igualmente persistente y clara: el último recurso de la autoridad religiosa no puede ser nunca anular la autonomía del individuo ni cercenar el debate público sobre derechos y tecnologías.
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