Silencio selectivo en Barcelona: Zapatero elude Venezuela y pregona la abolición de la guerra
En la cumbre progresista, palabras grandes y omisiones notables tras el desafío del independentismo

Redacción · Más España


José Luis Rodríguez Zapatero ocupó este viernes un podio de resonancia internacional en la Global Progressive Mobilisation (GPM) celebrada en Barcelona. Frente a más de 3.000 asistentes de medio centenar de países, su discurso desplegó ambición retórica: la paz como “gran tarea”, la igualdad de género como palanca transformadora, y la propuesta rotunda de “abolir la guerra como instrumento en las relaciones internacionales”. Aplausos, solemnidad, grandeza del lenguaje.
Pero junto a las declaraciones solemnes emergió una ausencia que no puede ni debe ser neutralizada por el aplauso: en sus varias intervenciones, de más de media hora en total, Zapatero no pronunció una sola palabra sobre Venezuela. Un silencio llamativo cuando a lo largo de su trayectoria pública el ex presidente ha reivindicado episodios de mediación en ese país. En un foro titulado Los retos para Latinoamérica, la omisión adquiere peso informativo y político: hay temas que merecen ser nombrados y analizados ante audiencias internacionales; silenciarlos es siempre una decisión.
No es menor que, en el mismo turno, el orador se detuviera en otros teatros de conflicto: denunció la «innombrable acción de Israel en Gaza», expresó preocupación por la deriva hacia Irán y vinculó su histórico rechazo a la guerra —el espíritu del “No” frente a Irak— con la urgencia de más internacionalismo progresista. Son argumentos firmes, y la coherencia exige, entonces, aplicar el mismo tratamiento crítico a todos los escenarios donde los derechos humanos y las libertades están en juego.
Zapatero también se felicitó por la decisión del Gobierno de regularizar a ciudadanos argentinos y chilenos residentes en España, y se preguntó retóricamente qué pensarán sus gobiernos presididos por mandatarios de derechas. Declaró estar orgulloso de pertenecer al partido que tomó esa mediada: una afirmación política que enlaza domesticidad y proyección exterior.
Barcelona no fue elegida por casualidad, recalcó el ex presidente: la cumbre se celebra aquí «tras el desafío del independentismo», y tanto el alcalde de la ciudad como el dirigente de la Generalitat son socialistas. Esa referencia al reto secesionista introduce una lectura territorial: la capital catalana es escenario de un diálogo público que combina reivindicaciones internacionales con cuestiones domésticas no resueltas.
El discurso de Zapatero ofreció metáforas contundentes —la abolición de la guerra como imperativo moral; la comparación con la lucha abolicionista— y llamó a una unión de progresistas para derrotar «el discurso reaccionario» que celebra la violencia y los instrumentos bélicos. Palabras de altura, sin duda. Pero cuando el púlpito se convierte en foro global, el rigor exige nombrar lo que duele y comprometerse con todas las verdades, también con las incómodas. Omitir Venezuela en un foro sobre América Latina no es un detalle menor: es una elección que merece explicación ante quienes esperan coherencia entre las decisiones políticas y las palabras públicas.
En definitiva, la GPM aspira a marcar un nuevo ciclo progresista. Que así sea. Pero la grandeza del proyecto se mide tanto por la elocuencia de sus mensajes como por la valentía de enfrentar los asuntos ásperos sin guardar silencio: especialmente cuando de derechos humanos y democracia se trata. Barcelona escucha; la historia lo anotará.
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