Silencio en el Golfo: prudencia táctica o rendición estratégica
Por ahora los estados del Golfo rehúsan represalias pese a ser blanco de los ataques iraníes

Redacción · Más España


Los hechos son tozudos y hablan por sí solos: desde que comenzó la campaña militar entre Estados Unidos, Israel e Irán, Teherán ha lanzado ataques que han alcanzado no sólo objetivos militares sino infraestructuras civiles en los países del Golfo. Aeropuertos, hoteles, zonas residenciales y, con especial énfasis, instalaciones energéticas han sido golpeadas. A pesar de ello, Baréin, Kuwait, Arabia Saudita, Qatar, Omán y los Emiratos Árabes Unidos han decidido, hasta ahora, no devolver el golpe.
No se trata de cobardía ni de ausencia de capacidad: lo que prima es un cálculo estratégico. Los Estados del Golfo perciben que tienen más que perder que ganar si se transforman de observadores vulnerables en blancos mayores. Sus economías dependen de infraestructuras energéticas, del transporte marítimo y de la confianza de los inversores; elementos que Irán ha demostrado poder perturbar mediante el uso del golfo Pérsico y del estrecho de Ormuz como palanca de presión.
Esas mismas economías y gobiernos comparten, además, vínculos operativos con Estados Unidos: alojan bases, albergan tropas, comparten inteligencia y dependen de sistemas de defensa aérea estadounidenses que, según funcionarios de la región, han interceptado la mayoría de los misiles. Esa dependencia dual —política y militar— explica una ambivalencia palpable: cuestionamiento político de la campaña pero confianza en la capacidad de defensa norteamericana.
La reticencia a alinearse con Israel añade otra capa a la ecuación. No es lo mismo ser compañero de ruta de Washington que secundar los objetivos militares de Tel Aviv; varios Estados del Golfo muestran recelo ante esa asociación explícita. Y no puede olvidarse el peso de la memoria histórica: la intervención estadounidense en Irak en 2003 dejó lecciones dolorosas sobre vacíos de poder, caos e inestabilidad que hoy pesan en el cálculo regional.
Tampoco es erróneo afirmar que la inacción tiene un coste estratégico: la falta de respuesta podría enviar a Irán la señal de que puede infligir daños graves sin asumir consecuencias, según analistas citados por la fuente. Pero responder con ataques entraña riesgos considerables y no hay certeza de que altere de manera decisiva el curso de la guerra.
La situación, por tanto, es de delicado equilibrio. Los Estados del Golfo se contienen por una mezcla de vulnerabilidad, cálculo estratégico y escaso beneficio potencial de una represalia. Esa contención es, al tiempo, una advertencia y una apuesta: buscan evitar que la región quede atrapada en una escalada que nadie, de momento, quiere asumir como propia.
Queda la pregunta inevitable: ¿hasta cuándo aceptarán ser objetivos sin cruzar la línea? La respuesta dependerá del coste real que puedan soportar —en puertos, plataformas energéticas, rutas marítimas y confianza inversora— y de si la protección aliada se mantiene efectiva. Mientras tanto, su silencio no es sumisión grosera, sino una decisión medida en una partida donde cada movimiento puede encender una conflagración mayor.
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