Ser o no ser: la pregunta que aún interpela a la civilización
Cómo una frase y una escena de 1599 siguen marcando la conciencia occidental

Redacción · Más España


Hay frases que no envejecen; se convierten en estandartes. "Ser o no ser: esa es la cuestión" no es solo el más famoso de los versos de Hamlet, es una ráfaga de luz que atraviesa el tiempo y obliga a mirar. David Tennant, en la versión televisiva de la BBC (2009), lo pronuncia como quien desnuda el pensamiento en público: recostado, ceño fruncido, un murmullo que parece pesar una vida.
William Shakespeare escribió La tragedia de Hamlet alrededor de 1599. Fue, desde su estreno, una obra monumental: la más extensa del autor, con versiones que en su montaje más completo superan las cuatro horas. No es casualidad que la pieza haya alimentado la ambición de generaciones de intérpretes: Laurence Olivier, Ian McKellen, Ralph Fiennes, Keanu Reeves, Kenneth Branagh, Benedict Cumberbatch y, en América Latina, Wagner Moura y Thiago Lacerda, han asumido el reto de dar vida al príncipe danés.
Pero tras la fama y los nombres hay un núcleo dramático que explica su persistencia: Hamlet es, entre otras cosas, una obra sobre la venganza. El fantasma del rey pide a su hijo que vengue su muerte señalando a Claudio, el hermano y nuevo monarca; la trama acelera hacia el complot y el duelo final en el que mueren Claudio, Gertrudis, el antagonista y el propio Hamlet, dejando el trono a Fortinbras de Noruega. Esa estructura de acción y reacción, típica del teatro de la época, habría bastado para el espectáculo.
Shakespeare, sin embargo, añade una torsión decisiva: detiene la acción para abrir la intimidad del personaje. Como señaló el profesor Jonathan Bate, la novedad es que Hamlet se detiene y reflexiona. El soliloquio multiplica la introspección y permite que el príncipe no confíe sus dudas a la corte sino al público, convirtiendo la escena en confesionario y en tribunal de la conciencia.
Esa elección formal —más soliloquios, más confesiones al público— es la que transforma la venganza en dilema filosófico. No es solo matar o no matar; es confrontar la condición humana bajo la luz de la duda. Lo que parece un recurso teatral se vuelve, con Shakespeare, instrumento para interrogar la naturaleza del poder, la culpa y la responsabilidad.
La pervivencia de Hamlet en la escena y en la pantalla confirma que no hablamos de un fósil literario: se trata de un texto "casi trascendental", en palabras que han usado intérpretes como Tennant al recordar su experiencia. La obra sigue siendo un campo de prueba para actores, una escuela de interpretación que instituciones como la Royal Academy of Dramatic Arts analizan y enseñan, y una fuente de interrogantes que la cultura occidental no deja de plantearse.
Si la historia política del mundo nos enseña algo, es que los dilemas de Estado y los conflictos de poder vuelven una y otra vez; la obra de Shakespeare los traduce a lenguaje moral. Por eso, después de cuatrocientos años, la pregunta de Hamlet no suena a reliquia: resuena como la insistente alarma de una conciencia colectiva que aún necesita interrogarse sobre ser, no ser y las consecuencias de ambos.
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