Semana de esperpentos: Montero, Ayuso y Florentino al desnudo
Una sucesión de tropiezos que exhibe el agotamiento del statu quo político

Redacción · Más España


La semana política ha sido, sin eufemismos, un conjunto de despropósitos que no admite adjetivos benevolentes. Desde la tribuna mediática hasta la plaza pública, las imágenes acumuladas —y las palabras mal medidas— han dibujado una fotografía de desgaste del antiguo régimen y de sus protagonistas más visibles.
En primera fila, Florentino Pérez, que en una rueda de prensa descargó contra prensa y terceros tras la crisis en el vestuario del Real Madrid. Su intervención, rotunda y defensiva, dejó a la vista el ocaso de una intocabilidad: quien cree que puede poner freno al escrutinio con la artillería del poder encuentra hoy la resaca del propio circo.
Isabel Díaz Ayuso protagonizó otro episodio de la semana en México, al exponer su versión sobre Hernán Cortés. Su intervención fue recibida entre escepticismo y rechazo por buena parte del público local, que le señaló el fallo de fondo: la política española no necesita excursos lejos del terreno nacional para dirimir sus disputas. La gira buscaba escenificar un ataque contra el Gobierno, y terminó por mostrar fragilidad más que fuerza.
En Andalucía, María Jesús Montero pisa terreno peligroso. Al calificar como "accidente laboral" la muerte de dos agentes afectadas por la colisión con una narcolancha, dejó una frase que ha reverberado como un lastre en una campaña ya castigada. La misma jornada dejó imágenes de abucheos al ministro Fernando Grande-Marlaska en la jura de bandera en Baeza, un síntoma del malestar ciudadano por la gestión del suceso en Huelva. Peor aún: el Gobierno no envió representante al funeral, una ausencia que se interpretó como desidia y que agrava la sensación de desconexión.
El PSOE, en suma, vive una semana que los medios traducen por su propio desgaste: en Andalucía, la formación aparece semienterrada y su campaña calificada de catastrófica por los hechos acumulados. En el Parlamento y en los platós, la escena pública se puebla de asperezas: desde el rifirrafe entre Marc Giró y Gabriel Rufián hasta la evidencia de que la ficción parlamentaria sustituye a la política con público.
Si hay una lección, es que los grandes episodios de descontrol —el arrebato de un magnate, el traspié de una presidenta autonómica fuera de su contexto, la banalización de una tragedia por parte de una ministra— no son hechos aislados. Son, más bien, síntomas convergentes de un sistema que se resiste a la autocrítica y paga en credibilidad. La política española necesita ponderación, responsabilidad y presencia; la semana que termina ha mostrado cuánto falta de todo ello.
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