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Seis décadas de antagonismo: la larga sombra entre Washington y La Habana

De la explosión del Maine a las sanciones de 2025, la rivalidad EEUU–Cuba atraviesa la historia contemporánea

Redacción Más España

Redacción · Más España

15 de marzo de 2026 3 min de lectura
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Seis décadas de antagonismo: la larga sombra entre Washington y La Habana
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La historia entre Estados Unidos y Cuba no es un accidente ni una serie de capítulos aislados: es una secuencia continua que arranca, al menos en el imaginario moderno, con la explosión del Maine en 1898 y que llega hasta las medidas adoptadas por la administración de Donald Trump en 2025.

En febrero de 1898 el acorazado Maine explotó en La Habana y más de 260 marinos perdieron la vida. Aquella tragedia, investigada entonces por un tribunal naval estadounidense que apuntó a una mina, precipitó la intervención de Washington en la Guerra Hispano-Estadounidense y marcó el fin de la soberanía colonial española sobre la isla. Aun cuando una pesquisa posterior de la Armada en 1976 atribuyó probablemente la explosión a un incendio interno, el hecho dejó instaladas unas relaciones asimétricas.

Tras la derrota de España, la economía cubana quedó devastada y los capitales y empresarios norteamericanos entraron con fuerza. Entre 1898 y 1902 Cuba funcionó en la práctica como un protectorado; su independencia formal llegaría en 1902 pero con una letra pequeña de alcance duradero: la Enmienda Platt (1901-1934), que otorgó a Estados Unidos el derecho de intervención y permitió la instalación de la base naval de Guantánamo.

La presencia estadounidense se consolidó en sectores estratégicos: níquel, electricidad, telecomunicaciones y finanzas, mientras la isla convivía con imágenes de prosperidad y desigualdad, con autos y marcas norteamericanas que simbolizaban esa influencia. El golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952 e su posterior autoritarismo alimentaron un descontento que abriría paso a la revolución liderada por Fidel Castro.

Con el triunfo de la revolución socialista se abrió un nuevo capítulo: la ruptura definitiva de la alianza previa y el inicio de una enemistad sostenida. En esas décadas hubo episodios de máxima tensión: una invasión respaldada por la CIA, la amenaza de una confrontación nuclear y varias crisis migratorias que sellaron una relación marcada por la desconfianza.

El embargo económico que pesa sobre Cuba desde los años sesenta ha sido piedra angular de esa hostilidad. En las últimas décadas se vivió una calma tensa con altibajos, pero el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025 volvió a disparar las tensiones: su gobierno endureció el embargo y adoptó medidas destinadas a dificultar la llegada de combustible a la isla.

Esos pasos se producen en un contexto interno cubano ya golpeado: crisis energética, económica y social agravadas por la caída del apoyo venezolano tras la captura de Nicolás Maduro en una operación militar estadounidense a comienzos de enero. Esa concatenación —presiones externas, sanciones y pérdida de apoyos internacionales— sitúa a La Habana en un momento límite que, por su propia historia, se lee siempre con alta susceptibilidad desde Washington.

Que hoy los presidentes de ambas naciones reconozcan contactos no debe sorprender; la historia de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba demuestra que cualquier apertura puede frustrarse y que las cicatrices acumuladas pesan. Generaciones enteras han vivido bajo ese antagonismo, y los hechos prueban que no es suficiente la voluntad retórica para modificar un embarrado cauce histórico: hacen falta decisiones apoyadas en realidades que ambas partes —y la comunidad internacional— conozcan y asuman.

El relato, forjado entre enmiendas, bases militares, revoluciones y sanciones, permanece vigente. Y mientras el pasado siga dictando los límites del presente, la rivalidad entre la superpotencia y la isla seguirá siendo una de las más longevas de la historia contemporánea.

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