Se rompe la costura: el número dos de NNGG deja el PP y pide el voto para Vox
Una baja que desnuda tensiones internas y cambia lealtades en la derecha

Redacción · Más España


Carlo Angrisano ha anunciado su dimisión como número dos de Nuevas Generaciones y ha solicitado la baja como afiliado del Partido Popular. Lo hizo en un mensaje en la red social X, donde, además, pidió «sin rodeos» el voto para Vox.
En su argumentación pública, Angrisano explica que se afilió al PP en 2012 «por amor a España, a su identidad, a su historia, a su libertad y a la dignidad de nuestro pueblo», en un contexto en que, según él, esos valores estaban siendo cuestionados por el separatismo. Añade que creyó entonces que el PP debía proteger lo mejor del país, pero que hoy los partidos empiezan a perder «cuando dejan de saber qué están defendiendo». Acusa al PP de temer más perder votos que defender lo correcto.
El mensaje no se queda en reproches genéricos: Angrisano denuncia los «efectos de la inmigración ilegal descontrolada», señala una «economía asfixiada por la burocracia y el wokismo» y afirma mantener sus principios «firmes e inamovibles», que defenderá «desde otro lugar» —ese lugar que identifica con Vox, «donde España se defiende sin complejos».
Desde Génova han respondido señalando que Angrisano había dejado de ejercer sus funciones en Nuevas Generaciones y de trabajar para el partido desde hace tiempo. El periódico recuerda que Angrisano es sobrino del eurodiputado de Vox Juan Carlos Girauta, y que, según fuentes del PP, pidió ir en las listas del partido al Parlamento Europeo; la petición no fue aceptada. A cambio, se le ofreció ser asesor del grupo en la Eurocámara para mantener vínculo y retribución, aunque las mismas fuentes precisan que de facto dejó de ejercer porque pasaba mucho tiempo fuera de Europa.
En los pasillos del partido no faltó el sarcasmo: han ironizado con que su marcha «no es una fuga de cerebros». Y desde la dirección popular dan por hecho que, a partir de ahora, trabajará con su tío, Juan Carlos Girauta.
Lo ocurrido cristaliza una realidad objetiva: un dirigente juvenil que decide abandonar la organización que le formó y, públicamente, orientar voto y militancia hacia otra fuerza política. El gesto tiene efectos simbólicos —y propagandísticos— para ambas formaciones: una baja y un llamamiento que desmontan silencios y obligan a hacer cuentas internas sobre lealtades, disciplina y proyectos políticos.
No es solo una salida personal: es una señal de desgaste y de disputa por la representación de determinadas banderas ideológicas. Y, en política, las señales cuentan. Queda por ver cómo se traducirá este episodio en rémora organizativa, en réplicas en el espacio juvenil del PP y en el relato público que cada formación querrá imponer en las próximas semanas.
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