Sánchez vuelve a la carga: memoria contra el silencio que conduce a la guerra
El presidente reprocha al PP y a Vox su apoyo y su silencio ante la guerra de Irán y rescata el 'no a la guerra' de 2003

Redacción · Más España


No hay complacencia en el tono. Desde el primer minuto, Pedro Sánchez ha decidido convertir el hemiciclo en tribunal de memoria: el recuerdo del 15 de febrero de 2003, la manifestación contra la guerra, vuelve como argumento moral y advertencia práctica. No se trata de retórica vana: se trata de nombrar el peligro y de señalar a quienes, por acción u omisión, lo han facilitado.
El presidente no elude el reproche directo. Atribuye al PP y a Vox haber «contribuido con su apoyo y su silencio a este desastre absoluto de la guerra de Irán». No llama prudencia al mutismo: lo llama cobardía. Esa acusación —contundente, cargada de Historia— busca demoler la estrategia de empaque patriótico que algunos opositores intentan esgrimir; pretende distinguir entre quienes se oponen a la guerra y quienes callan cuando se impone.
Sánchez apela además al pasado reciente como advertencia: la guerra de Irak, recuerda, fue «el mayor desastre geopolítico desde la guerra de Vietnam», con consecuencias humanas y políticas devastadoras. Señala la diferencia con Irán —«mucho más peligrosa» por la potencia del régimen— y exhibe la secuencia lógica que, a su juicio, conduce del olvido a la repetición. Olvidar, dice implícitamente, es abrir la puerta al error.
Frente a esa línea, Feijóo y Abascal optan por la ofensiva y la descalificación. Feijóo replica con la consigna «decimos no a la guerra y no a usted», y ataca las supuestas contradicciones del presidente sobre su perfil pacifista y la compra de armamento a EE. UU. Abascal sube el tono y lo personaliza: acusa a Sánchez de aprovechar crisis para rédito político y lanza asperezas que bordean la soecidad. Ninguno de los dos dirige su crítica hacia el presidente estadounidense cuya decisión inició el conflicto; ambos prefieren convertir el debate en batalla doméstica.
La respuesta pública de José María Aznar, a través de FAES, certifica que el duelo memorial no es sólo retórica parlamentaria: el expresidente mantiene la justificación de su decisión de 2003. Aznar defiende entonces que su Gobierno actuó «en función de la información que tenía y de la lógica», posición que recuerda al país que las discrepancias sobre la guerra siguen abiertas y que la interpretación de aquellos hechos permanece como elemento de disputa política.
Sánchez, por su parte, hace uso del respaldo internacional y de sectores progresistas para enmarcar su oposición: el patriotismo, afirma, consiste en negarse a una guerra ilegal que «en nada beneficia a los españoles». Con esa frase coloca la defensa de la paz como norma de conducta pública y reclama para España el papel de referencia en defensa de la paz y de los trabajadores.
Queda en pie una pregunta que el propio debate exhibe sin responder: ¿será capaz la política española de convertir la memoria en vacuna frente a decisiones que implican vidas y destinos colectivos? El presidente apuesta por la memoria activa; la oposición, por su parte, apuesta por la confrontación y la deslegitimación. Entre el recuerdo de 2003 y las palabras del presente se juega no sólo la política cotidiana, sino la credibilidad moral de quienes hoy deciden o silban ante la historia.
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