Sánchez, las palabras y la cobardía parlamentaria
Vox denuncia que el presidente no afronta a Abascal fuera del Congreso

Redacción · Más España


En el hemiciclo se pronuncian arengas y descalificaciones que, según Vox, no tendrían el mismo vigor si no mediara la proteción de la inmunidad parlamentaria. José María Figaredo ha sostenido que el presidente del Gobierno "no tiene huevos" para dirigir esos ataques a Santiago Abascal fuera del Congreso, y ha señalado que las "terribles barbaridades" pronunciadas por Sánchez además "son mentira".
No basta con el estribillo; Vox presenta la acusación como parte de un plan mayor: Figaredo afirma que esas informaciones provienen "tanto de Ferraz como de Génova", del entorno directo de Alberto Núñez Feijóo, con la finalidad de intentar "silenciar al único partido que tiene cero casos de corrupción". Es una acusación que busca convertir la injuria en estrategia y la estrategia en coartada.
La ofensiva parlamentaria no se limita al reproche dirigido a Sánchez. Figaredo extiende el reproche al líder del PP: tilda a Feijóo de "cobarde" y lo contrapone con Pablo Casado, a quien atribuye mayor valentía al criticar a cara descubierta. Es un paralelismo pensado para dibujar un bipartidismo acobardado frente a un rival que, dicen, carece de mácula judicial.
Jorge Buxadé, desde la esfera europea y las redes sociales, refuerza esa narrativa: acusa a quienes critican a Vox de servir de "balones de oxígeno" al PSOE y de convertirse en "peones" del bipartidismo. En X, sentencia que las "mentiras, insidias y ataques" alimentan a Sánchez y hacen de sus autores meras piezas de Génova y Ferraz.
El cuadro que ofrece Vox es claro en su intención: denunciar una campaña coordinada para "pringar" a un partido que proclama tener cero casos de corrupción, y anunciar que en los meses venideros saldrán a la luz los supuestos vínculos y casos que, según su relato, embarrarán a los socialistas. Es la estrategia de la acusación preventiva: si te baten en la tribuna, conviene apuntar a la conspiración y a la cobardía del adversario.
Lo que subyace —y lo que el discurso pretende consolidar— es una polarización que instrumentaliza la palabra "cobarde" como estandarte: cobarde quien no ataca fuera de la protección institucional; cobarde quien se limita a las formas. Queda, para el lector atento, la pregunta que el propio ritmo vehemente del discurso no responde: ¿convencerá la declamación de la inocencia cuando la política exige hechos y pruebas, no sólo estribillos? Esa es la contienda que hoy se libra entre las tribunas y los pasillos del Congreso.
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