Protejamos la infancia: no al mayor 'hackeo' de nuestras mentes
70 pruebas científicas alertan sobre el daño de las pantallas y la dependencia infantil a la IA

Redacción · Más España


Hay momentos en que la prudencia exige levantar la voz con la misma firmeza con la que se levantan las banderas. Hoy lo exige la evidencia: 13 sociedades médicas estatales y decenas de colectivos han puesto sobre la mesa 70 pruebas científicas que no son discursos, sino diagnósticos. Han venido al Congreso para decirlo alto y claro ante la Comisión de Justicia que tramita la Ley de Protección a los Menores en los Entornos Digitales.
No hablamos de alarmismo ni de eslóganes; hablamos de evidencia. Los firmantes —entre ellos la Asociación Española de Pediatría, la Sociedad Española de Neurología y la Asociación Española de Psiquiatría de la Infancia y la Adolescencia— no se han quedado al margen. Han consensuado un compendio que identifica consecuencias concretas: peores resultados en lenguaje, cognición, autorregulación y funciones ejecutivas cuando la exposición es temprana, pasiva o sustituye la interacción adulto-niño.
La voz de la consulta clínica suma relatos y señales. Médicos y pediatras observan que los adolescentes consultan ChatGPT como si fuese un oráculo y, con inquietante frecuencia, aceptan sus respuestas sin cuestionarlas; cuando la IA contradice un tratamiento o normaliza conductas inapropiadas, algunos jóvenes abandonan el cuidado y se retraen en una dependencia emocional que altera su juicio.
No es menor la evidencia neurocientífica citada: estudios longitudinales y neuroimágenes muestran diferencias en vías frontotemporales asociadas al lenguaje en preescolares con mayor tiempo de pantalla. Son pistas de algo más profundo: un estímulo monocorde —las pantallas— que modela carreteras cerebrales en formación.
Frente a esto, las sociedades no proponen la demonización de la tecnología; exigen responsabilidad. Reclaman regulaciones europeas ya existentes: verificación de edad, responsabilidad de las plataformas y límites en el diseño. Y plantean recomendaciones prácticas avaladas por la evidencia: exposición cero a pantallas hasta los seis años; máximo una hora diaria entre seis y 12 años; y tope de dos horas para los mayores de 12.
Hay que decirlo con claridad patriótica: proteger a la infancia no es una cuestión de moda, sino de deber colectivo. Si los adultos no conseguimos autorregularnos, no podemos dejar a los niños en manos de algoritmos que estimulan, simplifican y, en ocasiones, mienten. Los derechos fundamentales de la infancia —salud, vida, libre desarrollo de la personalidad— reclaman medidas claras y contundentes.
La política tiene ante sí una oportunidad y una responsabilidad. La Ley que se tramita no puede permitir que la inacción sea la excusa de la moda digital. No es solo una cuestión técnica; es un asunto de país. Atender la evidencia presentada por los profesionales sanitarios significa proteger el futuro de una generación: restablecer el protagonismo de la familia, la escuela y la comunidad en la formación de ciudadanos libres y críticos, no de usuarios dependientes.
Que nadie confunda prudencia con regresión tecnológica. Se trata de poner los límites que exige la ciencia y la decencia: reglamentación de plataformas, tiempos razonables, contenidos supervisados y educación digital guiada por adultos responsables. El mayor hackeo cerebral de la historia, como lo han denominado los expertos, requiere una respuesta estatal firme y sin titubeos. Nuestra responsabilidad es simple y solemne: defender la infancia con la misma pasión con la que defendemos la nación.
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