Peñas y linajes: el medievo que persiste en la sociedad valenciana
Endogamia, padrinos y réplicas de Desembarco del Rey en clave mediterránea

Redacción · Más España


He empezado tarde a ver Juego de Tronos, pero no hace falta la serie para reconocer ciertas escenas que ya hemos vivido en nuestro territorio. Que Peñíscola sirviera de plató para recrear Meereen no fue casualidad: la sociedad valenciana comparte rasgos con esos reinos del sur donde el trueque de lealtades y los pactos de familia marcan destinos.
No es mera estética: la crónica diaria habla de un entramado social que opera por filiaciones. Aquí, como en Desembarco, los árboles genealógicos pesan más que los méritos individuales. Las presentaciones se hacen con apellidos, las trayectorias se legitiman por ascendencia y, cuando la procedencia no está clara, brotan recelos y desconfianzas. No hablamos solo de costumbre: hablamos de un mecanismo social que condiciona oportunidades.
La endogamia no es una etiqueta retórica sino una realidad heredada. Si en las capitales se nota, en las ciudades de provincia con ínfulas de grandeza se acentúa: clanes que copan espacios de poder y mercados, familias de referencia de cuya sombra dependen múltiples empresas y actores sociales. Esa concentración reproduce esquemas donde no resulta extraño que el tipo de sangre delata la escalera que tocará subir.
También hay pantomima de riqueza. Los Lannister de ficción definían su poder por la fortuna; en la vida real, no siempre quien más presume es quien más tiene. Lo relevante es la apariencia: basta con aparentar tener influencia para que se abran puertas y se aseguren plazas. Y detrás de esa apariencia, la red de padrinos es más extensa de lo que reconocemos: no solo el nombrado, sino su estirpe y sus allegados cobran valor como aval.
No se trata de demonizar familias ni de negar la modernidad que vivimos; se trata de señalar que bajo la modernidad persisten prácticas que recuerdan al medievo: lealtades carnales, clientelismo hereditario y mercados que se articulan alrededor de unos pocos. Si Peñíscola fue escenario de ficción, la lección es que la ficción no inventa: ilumina rasgos que aquí debemos mirar de frente si queremos avanzar hacia una sociedad más abierta y meritocrática.
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