Nuestra pereza explica un problema: el auge de Vox en Castilla y León
Una reflexión incómoda sobre responsabilidad y desconexión entre élites y provincias

Redacción · Más España


Lo confieso desde el primer trazo: me daba pereza escribir sobre las elecciones de Castilla y León. No por falta de interés, sino porque, a primera vista, parecía un asunto local, un trozo más del mapa electoral que pronto será reciclado en gráficas y titulares.
Esa pereza, sin embargo, no es anecdótica; es reveladora. Es el espejo en el que se refleja una distancia cultural y política que explica, en gran medida, el deslizamiento de territorios hacia Vox y los partidos regionalistas. Los que vivimos en las capitales, los ilustrados cosmopolitas, con frecuencia miramos desde las alturas: analizamos con teorías frías, hablamos de cultural backlash y de “reactores” sociales, pero rara vez sentimos en la piel el abandono del terruño.
Es aquí donde se produce la traición: instrumentalizamos los resultados de unas elecciones autonómicas como meros indicadores rumbo a las generales, como si la relevancia de quienes votan allí fuese secundaria. Los problemas reales —el desierto demográfico, la falta de expectativas, la sensación de ninguneo— quedan convertidos en excusas para la prédica académica y la indignación de escritorio. Los somewheres se convierten en una nota a pie de página de nuestras prioridades.
Y mientras tanto crece Vox. No únicamente por la complicidad de una base que comparte su arraigo ideológico, sino porque hay una masa de votantes desencantados, huérfanos de representación, que buscan —con su voto— que alguien atienda sus demandas no resueltas. Ese voto de protesta alimenta a un partido que, hasta ahora, ha hecho más por inflamar agravios que por resolverlos. Donde ha tenido ocasión de gobernar, ha preferido medidas simbólicas y de choque antes que compromisos de gestión reales. Quiere el poder; pero no sabemos —no lo sabemos por los datos que tenemos— con qué proyecto de recuperación real del campo o de las provincias abandonadas.
No basta con señalar al otro: todos, en alguna medida, somos responsables. Nuestra indiferencia, nuestra falta de empatía y nuestro uso de los territorios como termómetro para fines ajenos les han dejado el terreno. Es grave que algunos vean en la fortaleza de la ultraderecha una oportunidad electoral: se acentúan sus rasgos más inquietantes para traducir después su amenaza en rédito propio, invisibilizando así las reclamaciones legítimas de quienes se sienten incomprendidos.
Si queremos cortar el avance de Vox no sirve solo la denuncia: hace falta empatía, presencia política sostenida y respuestas concretas a las causas que generan ese voto. Mientras tanto, la política cotidiana, con su oleaje implacable, borrará otra vez a esos territorios de la agenda, como dibujos en la arena. Y la pereza que nos daba sentarnos a escribir habrá sido, en realidad, parte del problema.
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