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No nos dejen traicionar: la campaña de Abascal y su desafío a la razón

En Sevilla, Vox apela a la ira y a la prioridad nacional en clave de mitin, no de propuesta veraz

Redacción Más España

Redacción · Más España

15 de mayo de 2026 2 min de lectura
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No nos dejen traicionar: la campaña de Abascal y su desafío a la razón
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En el corazón de Sevilla, a los pies de la Giralda y frente a 700 seguidores, Santiago Abascal pronunció un cierre de campaña diseñando una visión de España en blanco y negro: los buenos —los nuestros— y los traidores —Pedro Sánchez y Juanma Moreno—. El escenario fue cuidadosamente elegido; la simbología, nítida: Alcázar, catedral, restos de Fernando III a pocos metros. Nada queda al azar cuando la política se viste de historia para reclamar emotividad.

Abascal centró su arenga en la regularización extraordinaria anunciada por el Gobierno y convirtió ese hecho administrativo en una amenaza existencial: habló de “invasión”, de robos de la democracia y de nacionalizaciones masivas que alterarían el censo electoral. Afirmó que los beneficiados por la regularización acabarían votando en 2027. La propia información disponible recuerda, no obstante, la exigencia de la nacionalidad para el sufragio: la residencia sola no confiere el derecho al voto. Es decir, la consigna supera a la precisión.

La retórica usada buscó excitar lealtades y, sobre todo, descontentos. Abascal repetía el lema de la “prioridad nacional” como un mantra, mientras su público respondía con gritos que llenaron los ochenta minutos del acto. A su lado, la cúpula de Vox, desde Manuel Gavira hasta Pepa Millán, presentó el cuadro de propuestas y agravios: migración, pacto Mercosur, crítica al “fanatismo climático” y la defensa del campo andaluz. Todo ensamblado bajo una promesa simple y contundente: poner «primero» a los españoles.

No faltaron los ataques personales. El mitin transcurrió entre insultos dirigidos a Pedro Sánchez y a Fernando Grande Marlaska, y entre referencias a sucesos recientes en el litoral andaluz que Abascal aprovechó para denunciar, con lenguaje tajante, una supuesta connivencia política que habría condenado a la muerte a servidores públicos. La apelación al dolor y la indignación funcionó como motor de legitimación: “el luto lo llevamos en el corazón y lo transformamos en acción política”, dijo, sustituyendo la gestión por la emoción.

Queda claro que el formato del acto preferido por Vox es el de la tribuna que moviliza resentimientos: símbolos históricos, consignas que simplifican realidades administrativas y ataques a adversarios convertidos en conspiradores. Es un estilo que apunta a ganar votos no desplegando matices ni debates técnicos, sino activando miedos y orgullos. Y allí, junto a la canción con cadencia aflamencada y las banderas en mano, se fabricó la promesa de una Andalucía donde «los primeros serán los españoles».

Las campañas terminan en las urnas; las palabras, en el escrutinio ciudadano. El desafío para quienes escucharon en Sevilla no es sólo elegir una opción, sino calibrar la distancia entre lo que se dice con ardor y lo que los hechos permiten sostener. Cuando los eslóganes eclipsan los datos, la política se convierte en espectáculo y la responsabilidad en grito. El 17 de mayo, Andalucía votará; y con su voto decidirá si prefiere la exaltación de la tribuna o la claridad de la información.

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