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No existe un bloque de derechas: las alianzas internacionales de Vox lo impiden

Lo que dicen hechos y gestos sobre la inviabilidad de una coalición cómoda entre PP y Vox

Redacción Más España

Redacción · Más España

25 de marzo de 2026 2 min de lectura
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No existe un bloque de derechas: las alianzas internacionales de Vox lo impiden
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El diagnóstico es rotundo y debe leerse sin eufemismos: no hay un bloque homogéneo de derechas que garantice una gobernabilidad cómoda para Feijóo. La conclusión no se sostiene en invenciones, sino en hechos documentados: declaraciones de dirigentes de Vox, ataques a instituciones del Estado, y una red de amistades internacionales que colocan al partido de Abascal fuera del campo del constitucionalismo compatible con el sistema de 1978.

Pepa Millán lo dijo con claridad: Vox nació "para combatir el bipartidismo". Es una afirmación definitoria: no la de un aliado disciplinado sino la de un agente antisistema que proclama su voluntad de ruptura. A esa voluntad corresponden las acciones: insultos a la Corona, desprecio por la complejidad social y cultural de España, y un repertorio retórico que no parece pensado para limar asperezas sino para acelerar la fractura.

Y junto a las palabras, los hechos internacionales que rodean a Vox son una escritura pública de su carácter. Abascal en Budapest, codeándose con Orbán, Le Pen y la llamada internacional Putitrump; un patrón de afinidades ideológicas que, según la crónica, conecta directamente con el Kremlin. No es una trivialidad: la filtración, atribuida al ministro de Exteriores húngaro, de deliberaciones del Consejo de Europa pone en cuestión la normalidad democrática de esos espacios y coloca a Vox en una órbita de amistades que otros partidos europeos consideran peligrosas.

Este mapa no admite el corte de mangas de la retórica optimista: la hipotética suma electoral entre PP y Vox no convierte a ambos en socios naturales. Pueden coincidir en el propósito temporal de desalojar al sanchismo, pero mantienen modelos sociales y democráticos esencialmente contrapuestos. Que el PP celebre victorias autonómicas como si ello certificara la existencia de una alianza automática con Vox es olvidar la realidad que imponen las acciones y las alianzas internacionales del partido de Abascal.

En las capitales europeas se percibe igual: la advertencia, implícita o explícita, llega desde dentro del propio family europeo. Se menciona que Merz ha transmitido discretamente que el PP europeo no desea ver a la franquicia húngara —y por extensión a Vox— instalada en el Gobierno español. No es un dato ornamental: es la constatación de que introducir a Vox en el Ejecutivo tendría coste moral y político en las relaciones con aliados y en la credibilidad internacional del proyecto europeo.

Por eso, cuando los titulares hablen del auge de la derecha tras resultados autonómicos favorables al PP, conviene recordar que el triunfo en las urnas no borra las incompatibilidades políticas y éticas que emergen a través de palabras, gestos y viajes. Feijóo puede celebrar escaños; pero no debe confundir la suma aritmética con una alianza fiable. Vox no es un socio de gobierno garantizado: es, según la evidencia reunida, un adversario a la espera.

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