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La visita del Papa desnuda una isla al límite y la política que la olvida

León XIV aterriza en Canarias que vive la presión migratoria y la carencia de recursos

Redacción Más España

Redacción · Más España

10 de junio de 2026 3 min de lectura
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La visita del Papa desnuda una isla al límite y la política que la olvida
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León XIV cumple el deseo de Francisco y pone los focos sobre una isla que no necesita inspiración sino respuestas. Arguineguín, Firgas y los muelles de Gran Canaria se convierten hoy en el termómetro de una realidad sanitaria, educativa y humanitaria que sangra a diario.

No es metáfora: Gran Canaria alberga al 60% de los menores no acompañados del archipiélago, 2.600 niños según el Ministerio de Migraciones. En el I.E.S. Vega de Firgas, en el norte rural, conviven 54 alumnos migrantes con un claustro que ha tenido que reinventarse sin medios suficientes. Profesores, coordinadores y alumnos han creado redes de apoyo que han llamado la atención incluso del Parlamento Europeo. Ese esfuerzo cotidiano es la demostración práctica de una verdad elemental: donde falla la política, emergen las personas.

Las historias personales desmontan consignas y teorías. Awa y Fatou llegaron solas en patera; fueron escolarizadas, destacaron académicamente y forjaron proyectos tan concretos como estudiar ingeniería o formación sanitaria. Sin embargo, la burocracia y la falta de recursos siguen marcando destinos: Awa ya tiene 18 años pero las pruebas marítimas que deben certificar su edad no han concluido y, sobre el papel, continúa siendo menor; por ello no puede reunirse con su padre en Tenerife. Fatou, también mayor de edad, permanece en un centro de menores porque no hay plazas libres en centros para mujeres adultas. Son datos que no admiten eufemismos: el sistema no ha dado respuesta a situaciones básicas.

En los pasillos del instituto se sienten las consecuencias de decisiones administrativas y ausencias logísticas. Cuando quince menores recibieron asilo sin previo aviso y se marcharon sin despedida, el instituto guardó diez minutos de silencio. Los pasillos llenos de llanto no son un titular: son el saldo humano de procedimientos que producen desgarro.

En el muelle de Arguineguín la palabra humanidad no está en el discurso, está en la faena. Jesús, patrón mayor, recuerda la primera patera que rescató con 19 años: 178 personas a bordo, a unos 200 kilómetros al sur de El Hierro. Desde entonces ha participado en el auxilio de entre 30 y 35 pateras y cayucos, además de numerosas embarcaciones vacías. Pescadores que remolcan cadáveres para que puedan recibir sepultura; marineros migrantes que actúan como traductores y mediadores; voluntarias que cosen el ajuar para la Santa Misa. Son imágenes que deberían mover a actuar más que a la simple emoción televisiva.

Todo ello ocurre en una isla exhausta: no hay espacio para reubicar migrantes, los protocolos están obsoletos y los recursos no alcanzan. La llegada del Papa despierta entusiasmo y nerviosismo, pero también recelo ante figuras políticas cuya presencia ha dejado, en años recientes, la sensación de haber sido «olvidados». Ese recelo no es capricho: es la reacción de comunidades que han asumido cargas humanas sin ver soluciones a la altura.

La visita aporta atención y nombres; la realidad pide infraestructuras, plazas en centros, procedimientos ágiles para certificar edades y políticas que traduzcan la compasión en capacidad. Las historias de Awa, Fatou, Jes�s y las aulas de Firgas no son anécdotas decorativas de una agenda mediática: son el examen pendiente para quienes gobiernan. La liturgia de la visita puede conmover, pero la política debe traducir esa conmoción en respuestas efectivas. Si no, el muelle y el instituto seguirán siendo, mañana y pasado, el espejo de una insularidad que resiste, pero que ya ha pagado demasiado.

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