La Viagra Patriótica y el Fantasma Catalán
Cuando el relato vence a los hechos, los viejos procesos vuelven a servir de lección

Redacción · Más España


Los logros sociales del Gobierno son palpables: permiso de paternidad ampliado, subida del salario mínimo, contención relativa de los precios de la energía, financiación pública parcial del transporte. Hechos. Realidad. Pero, como advierte el propio autor de la crónica, la realidad no siempre moviliza. Lo que moviliza es el relato grueso, la testosterona verbal, el espectáculo. Sánchez lo sabe y actúa en consecuencia.
Decir que «no a la guerra» y encender el orgullo nacional ha resultado ser, para muchos, más potente que explicar políticas públicas. El intercambio con Trump —esa ostentosa refriega verbal— funcionó como un estimulante patriótico: puso a miles en pie, no por el bienestar sino por la emoción del enfrentamiento. La política convertida en combate, la voluntad de aparecer como el rival feroz, la táctica de la precampaña permanente: éste es el mapa de la actuación pública descrita por la pieza.
El autor no oculta su escepticismo. Hay electores que, en vez de valorar la ampliación del estado de bienestar, buscan al líder que hable «con un par de huevos españoles». Quieren adrenalina, no medidas; tono belicoso del pacifismo, no coherencia política. Testosterona, táctica comercial y nacionalismo: la combinación que, según el artículo, mueve a una parte del electorado y que eclipsa el mérito tangible de las reformas.
Y aquí emerge una comparación inquietante para muchos catalanes: el discurso de la viagra patriótica replica, sin quererlo, la estructura narrativa que sostuvo el proceso independentista catalán. Orgullo identitario, ansia de reconocimiento internacional, la fe en que «el mundo nos mire»: fórmulas que suenan peligrosamente familiares. «Ya sabemos cómo acabó aquello», advierte el texto; la memoria colectiva se enciende y la alarma se vuelve legítima.
Frente a la polarización que impone el relato, el artículo dibuja tres actitudes públicas: el sanchismo excitado por el toma y daca verbal; el antisanchismo visceral que repudia tanto al líder como a sus políticas; y una tercera vía, más sobria: votar y participar sin dejarse arrastrar por odios teatrales ni por la propia sombra. Votar, opinar y criticar, pero sin caer en la exaltación fácil ni en la negación acrítica de los hechos.
La lección que se desprende del análisis es doble y clara: no desdeñar los logros reales por la fascinación del relato, y atender con prudencia a las resonancias de procesos pasados. La política de la época premia el espectáculo; pero cambiar de época exige algo más que cabreo moral o viagra patriótica: exige paciencia cívica, voto consciente y la resistencia a dejar que el relato sustituya a la realidad.
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