La verdad como frente: cultura, conversación y responsabilidad nacional
El nuevo ciclo 'La mirada oblicua' reclama claridad en un tiempo de ruido

Redacción · Más España


El Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert ha decidido ofrecer algo que hoy sobra por necesario: conversación. Siete encuentros bajo el paraguas de La mirada oblicua que, según su presentación, buscan la verdad y ponen sobre la mesa “una de las cuestiones que más preocupa a la sociedad actual”. No es impostura: es una llamada a la tarea intelectual en plena era del rumor.
Que sean periodistas, analistas, ensayistas, escritores y cineastas quienes ocupen ese foro no es casualidad. El coordinador, Joaquín Manresa, ha diseñado un ciclo complementario en perfiles y contenidos: un tejido plural para rasgar la superficie del discurso cotidiano y encontrar lo que, con paciencia y pluma afilada, pueda llamarse verdad.
La primera sesión, en la Casa Bardin, empareja a Enric González y a Darío Adanti para debatir la agenda, el rumor y el humor en los medios. Dos trayectorias distintas que confluyen en un objetivo común: enseñar a advertir “el funcionamiento del mercado de la verdad y la verdad del mercado”. No es mera retórica: González trae la experiencia de décadas como corresponsal internacional y colaborador en medios relevantes; Adanti, la mordacidad satírica de quien creó Mongolia y personajes que calan en la calle y en la revista.
Ese cruce —periodismo de largo aliento con sátira punzante— es precisamente lo que necesita la ciudadanía: herramientas para leer el presente sin caer en la complacencia ni en la simplificación. Aprender a distinguir la noticia de la coartada, el dato de la impostura, la broma útil del rumor que manipula.
La mirada oblicua no se agota en el diagnóstico. La segunda sesión, titulada Un paseo con Azcona y programada para el 27 de abril, reúne a Víctor García León y a Bernardo Sánchez Salas en la conmemoración del centenario del escritor. Ese gesto —rescatar la figura de un creador a través del cine y el estudio riguroso— muestra que la memoria cultural es arma contra la amnesia pública y que la literatura y el cine son fábricas de sentido social.
No debemos subestimar estos encuentros: la cultura organizada, la conversación pública bien guiada y el rigor intelectual son barricadas frente al ruido. Si “una de las cuestiones que más preocupa” es el modo en que se configura la verdad en la esfera pública, entonces actos como los del Gil-Albert son estrategia y defensa. Convocar a expertos, satíricos y cineastas a debatir entre sí y con el público es ofrecer ciudadanía herramientas para pensar con claridad.
En tiempos de polarizaciones y consignas fáciles, la apuesta por la conversación no es moderación pusilánime: es una exigencia patriótica de responsabilidad intelectual. Porque la nación que lee, que discute con argumentos y que cultiva la memoria de su arte y su literatura, se blinda contra la devastación del rumor y la mercantilización de lo público. El Gil-Albert abre un camino; corresponde al público caminarlo.
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