La trampa de la unanimidad clerical: peligro para España
La euforia por la visita papal no puede convertirse en pretensión de mayoría absoluta

Redacción · Más España


La visita del Papa León XIV a España ha desatado un torrente de entusiasmo mediático y un potente eco en redes. Misas multitudinarias en Madrid y actos menos concurridos en Barcelona han alimentado un relato hiperbólico que, en manos de propagandistas, corre el riesgo de transformarse en una peligrosa ilusión de unanimidad.
No es un reproche a la devoción ni a quienes se acercaron a escuchar al Pontífice; es una advertencia política. Confundir la intensidad de una movilización con la universalidad de un sentir es caer en la trampa populista que construye hegemonías aparentes sobre bases frágiles. Ya vimos un ejemplo palmario con la concentración de Colón del 10 de febrero de 2019: muchos volvieron a casa creyendo que aquella demostración callejera certificaba un vuelco político definitivo. La realidad es más compleja.
El antecedente más elocuente es el procés independentista. Las Diadas, sobrevaloradas por organizadores y autoridades, y la narrativa monolítica de los medios públicos y subvencionados, empujaron a los nacionalistas a creerse «mayoría incontestable». Se confundió parte con todo. La consecuencia fue una fractura que todavía pesa en la sociedad catalana.
Ese mismo desliz interpretativo empieza a repetirse en el relato católico: la visibilidad del Papa —líder espiritual y fenómeno cultural— se ofrece como evidencia de un renacer de la fe cuando las cifras muestran otra cosa. Solo el 16% de los ciudadanos se declara católico practicante, y la secularización y la creciente diversidad multicultural de España no son fantasmas que puedan borrarse con fotos de multitud.
El propio Papa sabe que la Iglesia enfrenta retos en Occidente: menos vocaciones, menos feligreses y la pujanza de otras confesiones. Por eso ha apelado a los jóvenes con códigos actuales, interactuando incluso con figuras populares, para conectar con nuevas generaciones. Pero la estrategia pastoral no debe ser convertida por actores políticos en un arma de patrimonialización.
La infantil contienda entre partidos por quién se apropia del mensaje papal —con episodios de carnaval político que van desde reivindicaciones lingüísticas hasta gestos de humanismo electoral— revela el peligro: usar la figura del Pontífice como sello identitario no garantiza correspondencia con la realidad social. Que la Conferencia Episcopal celebre un éxito organizativo no autoriza a hablar en nombre de todos.
Si el catolicismo español sucumbe a la ilusión de unanimidad, corre el riesgo de seguir el camino del nacionalismo que se creyó hegemónico: melancolía, resentimiento y fracaso frente a una ciudadanía plural y global. La prudencia exige reconocer la diferencia entre fervor y mayoría. Mejor evitar la trampa antes de que la desilusión deje cicatrices difíciles de curar.
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