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La tabla periódica: ¿un mapa cerrado o un horizonte que se desdibuja?

Diez años sin nuevos elementos y una pregunta inquietante: ¿acabará alguna vez la cuadrícula que organiza la materia?

Redacción Más España

Redacción · Más España

14 de mayo de 2026 2 min de lectura
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La tabla periódica: ¿un mapa cerrado o un horizonte que se desdibuja?
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La historia de la tabla periódica no es solo un compendio de símbolos: es la cartografía misma de lo que somos. En 2016 se añadieron los elementos 113, 115, 117 y 118 y, desde entonces, no se ha incorporado ninguno más. Esa pausa no es anécdota; es llamada de atención.

La Unión Internacional de Química Pura y Aplicada (IUPAC) tuvo entonces el gesto excepcional de bautizar uno de esos nombres con el de un científico vivo: Yuri Oganessian, líder del equipo que en 2002 señaló el rastro del elemento 118. Pero el reconocimiento llegó tras años de verificación: el oganesón es tan inestable y tan escaso que solo se han creado unos pocos átomos. Esa fragilidad explica por qué confirmar descubrimientos lleva tiempo y por qué la IUPAC actúa con pausa y cautela.

Hoy la tabla contiene 118 elementos, ordenados por número atómico. Ese número, la cantidad de protones del núcleo, es la llave que define a cada elemento. A partir de ciertos lugares en la cuadrícula, la naturaleza deja de darnos piezas listas: los elementos más pesados ya no aparecen en la Tierra de forma natural; deben fabricarse en laboratorios mediante la fusión de núcleos más ligeros.

Y ahí surge la dificultad: crear bloques nuevos exige condiciones de energía cada vez mayores. Los aceleradores —ciclotrones y otros— deben ser más potentes y, en muchos casos, más grandes. A medida que se añaden protones, los núcleos se vuelven más inestables; las fuerzas que mantienen unido el átomo luchan contra la repulsión de cargas positivas. La relación entre protones y neutrones determina si un núcleo sobrevive siquiera unos instantes. Esa realidad física es el muro al que se enfrenta hoy la química experimental.

No es cuestión de arrojo ni de buena voluntad: es cuestión de límites. La ciencia puede intentar, una y otra vez, pero cada nueva empresa exige tecnología más exigente y se topa con núcleos que duran fracciones de segundo. ¿Cómo, entonces, hablar de una "tabla completa" cuando la propia naturaleza plantea tejados de inestabilidad? La respuesta no está en la retórica sino en las máquinas, en la paciencia de la verificación y en la aceptación de que algunos horizontes científicos son, por ahora, inalcanables.

Que no se sumen elementos desde hace una década no es motivo de desánimo: es recordatorio de que la exploración científica choca a menudo con barreras del universo. Pero también es desafío: si queremos empujar la frontera, habrá que invertir en infraestructura, en tiempo de laboratorio y en rigor para someter a prueba cada atisbo de novedad. Mientras tanto, los 118 casilleros siguen allí, firmes y útiles, testigos de lo descubierto y del territorio desconocido que aún aguarda.

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