La soledad de Irán: cuando la retórica panislámica choca con la realidad regional
Rivalidades sectarias, intereses nacionales y dependencia exterior impidieron la respuesta esperada del mundo musulmán

Redacción · Más España


El pretendido lazo de fraternidad del mundo islámico se resquebraja cuando la geopolítica y la historia pesan más que los símbolos. La guerra que sufre Irán a manos de Estados Unidos e Israel ha dejado en evidencia que la solidaridad panislámica es, en la práctica, una afirmación más retórica que real.
No se trata de negar la dimensión religiosa del conflicto: la mayoría de la población iraní es chiita y la mayor parte del mundo musulmán profesa el sunismo. Pero la guerra actual tiene una relación tangencial con la religión; lo decisivo son las rivalidades de Estado, los cálculos de poder y la defensa de intereses nacionales.
Irán, que durante décadas aspiró a presentarse como vanguardia de ciertos reclamos islámicos, ha cometido un grave error estratégico: en lugar de consolidar aliados, ha atacado —según la crónica— a países árabes vecinos, incluso en el mes sagrado del Ramadán. Esa conducta erosiona la confianza que tanto esfuerzo diplomático debería haber cultivado.
Las monarquías del Golfo, con vínculos ya estrechos con Washington y con miedo a contagios de inestabilidad, prefieren la prudencia. Arabia Saudita y otros Estados sunitas han percibido con claridad que Teherán puede amenazar su estabilidad y prosperidad económica. La reticencia a involucrarse responde, por tanto, a la lógica racional del interés y no a un déficit de hermandad religiosa.
A lo anterior se suman décadas de confrontación: desde 1979 Irán trabajó por exportar un modelo teocrático y por armar y financiar aliados —la llamada “Eje de la resistencia”, con agrupaciones como Hezbolá y los hutíes— lo que lo convirtió en un actor perturbador para muchos vecinos. Ese historial dificulta la construcción de confianza y explica el aislamiento actual del régimen.
Incluso los intentos de recomponer relaciones, como el acuerdo de 2023 entre Riad y Teherán mediado por China, no borran de la noche a la mañana años de desconfianza. La reputación regional de Irán, dicen analistas, ya ha sufrido un daño difícil de reparar, y hay quien teme que el daño sea duradero independientemente de la evolución inmediata del conflicto.
En suma: el mundo musulmán no ha “fallado” por inexistencia de afecto religioso, sino por cálculo político. Sectas, rivalidades históricas, dependencia de potencias externas y la voluntad de proteger intereses nacionales han pesado más que una solidaridad que, en la práctica, nunca fue uniforme.
Que cada cual saque sus conclusiones: la política exterior no perdona incoherencias; quien aspira a liderar una región no puede simultáneamente atacarla y esperar que ésta responda con lealtad. Esa es la realidad fría que hoy deja a Irán más solo que sus proclamas.
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