La ropa cara: entre impuestos, apertura y la agonía de la industria nacional
Impuestos, costos y políticas de apertura explican por qué los argentinos compran ropa fuera y la producción local se desploma

Redacción · Más España


La escena es elocuente: argentinos en Miami llenan carritos mientras en casa se estiran pantalones, se reciclan prendas y se acude a tiendas de segunda mano. No es una anécdota: es el síntoma visible de una industria textil en crisis.
Según la Secretaría de Comercio, Argentina tenía la indumentaria más cara de la región; una remera de marca internacional puede costar hasta un 95% más que en Brasil. Esa distancia no es mágica: se arma, pieza a pieza, con impuestos y costos que gravitan sobre cada prenda producida en el país.
La fotografía fiscal es fría y precisa. El IVA del 21% encabeza la cadena; sobre él se superponen el impuesto al cheque —1,2%—, un gravamen en cascada que persiste desde 2001; y cargos por pago con tarjeta, alrededor del 1,8%. Si la compra se financia en cuotas —práctica casi habitual en el rubro— se suma casi un 15% adicional por costo de financiación. Todo eso explica por qué, según la Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria, una prenda nacional puede valer entre 25% y 30% más que la misma prenda vendida en Chile.
El impacto en el empleo y el tejido productivo es tangible. La venta de marcas locales cayó en promedio un 38% en los últimos 18 meses; más de 1.600 locales cerraron y más de 10.000 trabajadores registrados perdieron su empleo. El sector textil genera, estiman especialistas, alrededor de 300.000 puestos de trabajo en el país.
Frente a este diagnóstico, las recetas divergen. Para el sector industrial, la clave es bajar impuestos y proteger la producción nacional con un tipo de cambio más alto. Para el gobierno de Javier Milei, la respuesta ha sido otra: abrir la economía a importaciones, incluso desde China, y reducir la carga impositiva en general. Desde que asumió, el Ejecutivo bajó 24 impuestos, pero esas medidas no fueron específicas para la industria textil. El presidente del sector habló de "destrucción de la industria textil"; el gobierno, por su parte, sostiene que no se pierden puestos, sino que se produce una "reasignación del factor trabajo".
En el plano público también hay gestos que alimentan la indignación ciudadana: declaraciones como la del ministro de Economía, Luis Caputo —"Nunca compré ropa en Argentina porque era un robo"— no ayudan a cerrar la brecha entre política y producción. Mientras tanto, para quienes pueden viajar, comprar ropa en Miami o en centros comerciales chilenos se ha vuelto un objetivo de viaje y una forma de ahorrar.
La conclusión es simple y amarga: sin políticas que ataquen la acumulación de costos y sin respuestas coherentes para la industria, la ropa seguirá siendo más cara en Argentina. El resultado es doblemente nocivo: perjuicio para el consumidor y erosión del empleo industrial. No es cuestión de romanticismos: es economía elemental aplicada a la vida cotidiana.
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