La patria empieza en lo cercano: el flamenco popular de Yerai Cortés y el orgullo de lo nuestro
Un joven alicantino devuelve al pueblo la música que le pertenece

Redacción · Más España


Hay gestos que hablan más alto que los discursos. Cuando una voz en mitad de una pieza proclama “¡Viva el castillo de Santa Bárbara!” no es un guiño estético: es una bandera levantada en forma de canto. Yerai Cortés no ha inventado el orgullo local; lo ha traducido en acordes, palmas y coros femeninos que devuelven al flamenco a la plaza, al barrio, a la gente.
La película La guitarra flamenca de Yerai Cortés convirtió en público lo íntimo: su vida, sus sentimientos, su familia. El joven guitarrista tira ahora del hilo y titula su nuevo trabajo Popular, no por ambición mercantil, sino por claridad de intención: hacer del flamenco la música del pueblo, accesible, cruda, reconocible. Y lo hace con audacia técnica —un coro de seis voces y palmas, seis mujeres— y con sencillez generacional: canciones cortas, directas, pensadas para escucharse como se escucha hoy.
No fue sencillo: una rotura grave en un dedo de la mano izquierda cambió el proceso creativo. Siete meses después volvió la precisión, y el disco tomó otra forma: más canción, más letra, más emoción compartida. Esa condición de fragilidad transformada en fuerza es, en sí, una lección de identidad: lo propio se cuida, se trabaja y, cuando toca, se comparte.
Cortés atiende también a la geografía del flamenco: reconoce estilos de Jerez, Sevilla o Málaga, pero advierte que Alicante es todavía “casi un lienzo en blanco”. En lugar de obviarlo, lo llena. Tres cortes dedicados a su ciudad, hilados entre taranta, cantiñas y bulería festera, convierten paisajes locales en repertorio colectivo. No es folclore encerrado, sino patria chica que se abre y dialoga con la tradición.
Al presentarlo, Yerai se desmarca de la figura del elegido solitario: señala que somos muchos —Israel Fernández, María Terremoto, Ángeles Toledano— aportando cada cual desde su lugar. Es una declaración de método: la modernidad del género no es producto de un mesianismo cultural, sino de la suma de voces que respetan la raíz y se atreven a abrir ventanas.
Este proyecto, en suma, es una defensa práctica de lo comunitario frente a la exhibición. Popular no pide permiso para ser pueblo; lo afirma con la guitarra, con las palmas, con un coro que replica la emoción del tablao, de la misa, del estadio. Es la música de la gente que reivindica su historia sin renunciar a la modernidad. Y en tiempos en que la identidad se cuestiona y se redefine, esa lección de compromiso con lo cercano es, sencillamente, imprescindible.
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