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La paradoja noruega: el país verde que hace caja con el petróleo

Entre energía limpia doméstica y exportaciones masivas de combustibles fósiles, Noruega vive una contradicción que sacude su identidad

Redacción Más España

Redacción · Más España

1 de mayo de 2026 3 min de lectura
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La paradoja noruega: el país verde que hace caja con el petróleo
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Noruega exhibe una tarjeta de presentación envidiable: ciudades con bicicletas, un 98% de su electricidad procedente de fuentes renovables y nueve de cada diez coches nuevos vendidos en 2024 eléctricos. Es, a todas luces, uno de los países más verdes del mundo.

Pero bajo ese barniz ecológico late un motor distinto. El petróleo y el gas siguen siendo la columna vertebral de su economía: más del 60% de las exportaciones de bienes proceden del sector energético y éste aporta más del 20% del PIB. Esos hidrocarburos alimentan además el gigantesco fondo soberano —el llamado «Fondo del Petróleo»— que, a finales de 2025, atesoraba activos estimados en US$1,9 billones, el equivalente a un ahorro de US$350.000 por cada ciudadano. Esa plata garantiza la solvencia del estado del bienestar noruego.

La contradicción es tan nítida que ya tiene nombre: la "paradoja noruega". Dentro del país se impulsa la descarbonización —impuesto al carbono desde 1991, liderazgo mundial en coches eléctricos desde incentivos de 2005 y la Ley del Clima de 2017 que fija la reducción de emisiones en un 50% antes de 2030— mientras fuera se aumentan y exportan combustibles fósiles.

El choque entre discurso y negocio aflora con crudeza en tiempos de crisis internacional. La guerra en Medio Oriente y el bloqueo del Estrecho de Ormuz dispararon precios y han reportado a Noruega ingresos extraordinarios: desde el inicio del conflicto entre Estados Unidos e Israel e Irán, el Estado ha ingresado US$5.000 millones adicionales, y la Bolsa de Oslo ha marcado récords impulsada por las energéticas.

No son solo cifras frías. Activistas y ecologistas denuncian la vergüenza de beneficiarse cuando el mundo arde: «Para un ambientalista noruego como yo, está claro que la situación es vergonzosa», dijo Truls Gulowsen, presidente de Amigos de la Tierra Noruega. La columnista Cecilie Langum Becker lo sintetiza sin ambages: «La cruda realidad es que, cuando el mundo arde, el dinero fluye hacia nuestro presupuesto estatal». El contraste entre el Nobel de la Paz que entrega Noruega y los réditos que le aporta la perturbación internacional no pasa desapercibido.

Desde el otro lado del debate, el sector energético y las autoridades recuerdan un dato estratégico: Noruega suministra hoy aproximadamente un 30% del gas y un 15% del petróleo consumido en Europa, enviando el 90% de sus exportaciones al continente. Esa posición la convirtió en un proveedor fiable tras las rupturas de 2022 y explica por qué, incluso partidos ecologistas, han llegado a aceptar que su gas sea un "mal necesario" para la seguridad energética europea. La ministra y exsecretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, lo llamó una paradoja pero defendió que Noruega «se beneficia más de la paz».

Así, la dinámica internacional reabre viejas disyuntivas: ¿priorizar la coherencia climática o proteger la solvencia del Estado y el empleo ligado a la industria petrolera? En Noruega no hay respuestas sencillas. Hay, eso sí, tensiones políticas y sociales que crecen: jóvenes y colectivos ambientalistas reclaman calendarios concretos para reducir el negocio petrolero, mientras la economía real y el fondo soberano siguen dependiendo de lo que extraen del subsuelo.

La pregunta que queda flotando sobre Oslo es clara y urgente: ¿serán capaces los noruegos de casar su imagen de país pionero en energías limpias con una política exterior y económica que deje de nutrirse de los combustibles fósiles que el mundo aún paga cuando se quebranta la paz? No se trata de elegir retórica; se trata de decidir si la prosperidad futura se construye sobre coherencia ambiental o sobre la continuidad de un lucrativo statu quo.

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