La ola ultra ofrece la oportunidad que la izquierda debe saber aprovechar
De Barcelona salió la alarma y la posibilidad: unidad táctica frente al empuje nacionalista

Redacción · Más España


El encuentro del foro 'Movilización progresista global' celebrado en Barcelona no fue un mitin autocomplaciente ni una sucesión de lugares comunes. Fue, antes bien, la respuesta reflexiva y urgente de quienes observan cómo las derechas nacionalistas, aupadas por poderosos actores tecnológicos y políticas ultraliberales, están asaltando las reglas del orden internacional y las normas de convivencia democrática.
Pedro Sánchez lo dijo con nitidez: la internacional ultraderechista produce ruido porque sabe que su tiempo se agota. No se trata sólo de retórica; es la percepción de que la ortodoxia neoliberal quedó tocada en 2008 y que los atropellos —aranceles, guerras ilegales, negacionismo climático, xenofobia, machismo— han acabado por erosionar un proyecto político sin respuestas. Esa constatación, pronunciada en la sesión plenaria, marcó el tono de una cita que buscó transformar la indignación en unidad práctica.
No fue una esperanza ingenua. Cyril Ramaphosa trazó con claridad la lectura estratégica: la crisis profunda que vivimos contiene, paradójicamente, una oportunidad para reagrupar y movilizar a las fuerzas del cambio. El mensaje es tan simple como exigente: quien no articule una alternativa creíble perderá la ocasión.
La presencia de líderes como Lula, Ramaphosa y Sánchez, junto a la intervención de dirigentes y voces internacionales —Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro, Lars Klingbeil, Elly Schlein, Tim Walz— y los mensajes remitidos por figuras como Hillary Clinton y Bernie Sanders, mostraron que la convergencia existe. Además, economistas y pensadores como Mariana Mazzucato y Gabriel Zucman participaron en los debates: la cita buscó, de modo explícito, combinar un renacer político con propuestas de política concreta.
Hay señales objetivas que alimentan esa expectativa: episodios recientes que ilustran desgaste del espacio ultraconservador —la derrota de Orbán, el fracaso del referéndum impulsado por Meloni, los éxitos municipales progresistas en Francia, la movilización por las guerras en Gaza e Irán y el desgaste de Trump en algunos sondeos— sirven de base material para la estrategia que se pretende trazar. Pero esas victorias parciales no autorizan el optimismo desbocado.
Barcelona dejó también sobre la mesa los límites y las tensiones. La fragmentación del campo progresista es real: diferencias sensibles sobre la agresión rusa en Ucrania, distancias entre socialdemocracias europeas y proyectos de izquierda más populistas, y realidades nacionales que en ocasiones devuelven la victoria a conservadores aún cuando se derrota a la ultraderecha. El diagnóstico fue honesto: unidad necesaria, sí; pero compleja y exigente.
Si la izquierda global quiere convertir la indignación en avance sostenible debe hacerlo con lucidez estratégica: reforzar la familia progresista sin borrar las discrepancias, articular propuestas de política que respondan a los problemas reales y transformar la indignación ciudadana en una arquitectura de gobernanza creíble. Barcelona ofreció la alarma y la oportunidad. No aprovechar ambas sería, en estos tiempos convulsos, un lujo que no podemos permitirnos.
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