Cataluña

La memoria no se alquila a consignas

El dolor de las víctimas exige verdad, no instrumentalización

Redacción Más España

Redacción · Más España

2 de mayo de 2026 3 min de lectura
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La memoria no se alquila a consignas
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Hay heridas que no se acomodan a titulares. Quien firma estas líneas lo sabe por experiencia y por tiempo: el terrorismo dejó una estela de dolor que reclama respeto, reconocimiento y justicia. Pero ese dolor —sagrado en su origen— corre el riesgo de convertirse en herramienta política cuando se somete a consignas y guiones mediáticos.

Cada vez que un preso obtiene horas de libertad reaparece el viejo espectáculo: la exigencia de escenificaciones públicas, de declaraciones que cuadren con narrativas tranquilizadoras. Si no hay gesto mediático visible, se proclama que no ha habido cambio. Si no hay castigo escenificado, se escribe que todo sigue igual. Comprendo la reacción. Nace del desgarro real. Nace del anhelo de reconocimiento. Pero confunde transformación interna con puesta en escena.

La verdad íntima de un proceso de arrepentimiento suele ser lenta, discreta y, a menudo, inaccesible a la cámara. Hay reconocimientos que se producen frente a las víctimas y no frente a los focos; renuncias a la violencia que no adoptan forma de consigna. Y también existen gestos públicos que no enraízan en una autenticidad profunda. Reducir la legitimidad a la teatralidad pública produce lo contrario de lo que promete: declaraciones huecas y teatro moral sin regeneración real.

En democracia pueden exigirse actos. Se puede y se debe exigir cumplimiento de la ley, respeto a los derechos humanos, renuncia a la violencia y responsabilidad por el daño causado. Pero exigir una conversión uniformada, una humillación pública estandarizada, no corresponde a la libertad de las conciencias y no garantiza verdad alguna.

La memoria democrática madura requiere, además, honestidad sobre otras violencias de nuestro pasado reciente: la represión de la dictadura, la tortura, la guerra sucia y los silencios institucionales que demoraron la verdad y la reparación. Nombrarlas no relativiza la injusticia del terrorismo; la sitúa en un marco más amplio para entender cómo se rompen las costuras de una sociedad y cómo evitar que se repitan los mismos errores.

No hay un bloque homogéneo de víctimas. Algunas reclaman justicia retributiva; otras buscan diálogo o prefieren el silencio; unas evolucionan y otras permanecen ancladas en la memoria del mal. Ninguna voz tiene el monopolio moral del dolor. Cuando una narrativa única ocupa todo el espacio público se empobrece el debate y se silencian matices que merecen respeto.

Y hay una perversión añadida: el uso político del sufrimiento. Demasiadas veces el dolor de las víctimas es invocado no para comprender sino para atacar adversarios. Eso traiciona la dignidad del que ha sufrido. Quienes hemos sufrido terrorismo tenemos derecho a memoria, justicia y respeto, pero también la responsabilidad de impedir que nuestro dolor se convierta en propaganda.

Si negamos por principio toda posibilidad de cambio, transformamos el pasado en condena eterna. Si redujimos la convivencia a consignas, dejamos intactas las lógicas que alimentaron la violencia. Lo auténtico no da grandes titulares: da humanidad. Por eso convengo con una premisa sencilla y exigente: memoria sin manipulación, justicia sin venganza y convivencia sin amnesia.

El debate público tiende a buscar vencedores y vencidos. La tarea que tenemos por delante —como sociedad— es más humilde y más alta: sostener la complejidad sin miedo, respetar la pluralidad de las víctimas y proteger la verdad frente a la simplificación. Solo así honraremos el sufrimiento vivido y construiremos puentes que impidan que el dolor sirva mañana de arma política.

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