La letra que vive: cultura y memoria frente al ruido
Sant Jordi y los libros como pulso vital de nuestro país

Redacción · Más España


Escribir es también una manera de vivir. No es una ocurrencia ni una pose: es un procedimiento para revivir, pensar, saborear y dar sentido a lo que fuimos y somos. Esa constatación, sencilla y poderosa, fue la que emergió con claridad durante los actos literarios celebrados con motivo del Día de Sant Jordi.
En Altea, en el Centre d’Interpretació Carmelina Sánchez-Cutillas, la escritora de Cocentaina Marisa Abad hizo una confesión pública que resume el vigor íntimo de la literatura: tras la muerte de su padre comenzó a escribir compulsivamente para expulsar el dolor, hasta afirmar que no sabe si podría —o querría— vivir sin escribir. No es hipérbole; es la evidencia de que la palabra puede ser terapia, oficio y destino.
Esa misma intensidad volvió a aparecer en Cocentaina, en una velada que rememoró la figura de Josep Piera, donde quedó patente la confusión fecunda entre proyecto literario y proyecto vital. Anécdotas, amistades compartidas y el tono afectuoso de quienes se reúnen alrededor de un libro subrayaron la dimensión comunitaria de la literatura: no solo la obra aislada, sino la red de afectos y memoria que la sostiene.
Y en Elx, el gesto amable del poeta Gaspar Jaén al ofrecer su Obra poètica completa —Per a saber d’amor, editada por Adia Edicions— colocó la edición cuidada y el volumen íntegro como noticia cultural de peso. Un libro de tapa dura, papel ivori y 528 páginas que recoge la obra poética completa es, en sí mismo, un acto de palabra pública: una vida escrita y preservada para lectura y crítica.
Es significativo que, en estos encuentros, aflore siempre la misma certeza: la literatura dona otras vidas y dota la propia de significados añadidos. Cuando Josep Piera sostenía su Poesia completa y pronunciaba «Una vida», lo decía con la claridad de quien sabe que la obra y la biografía se miran y se reconocen mutuamente.
No se necesita grandilocuencia para afirmar lo obvio: la cultura vive en los gestos cotidianos —en una presentación, en un sopar posterior, en la complicidad entre autores y lectores— y esas escenas forman parte esencial del paisaje social. Defender y poner en valor esos actos no es nostalgia; es asentar las raíces de lo que somos.
Si hay una lección que sacar de estas jornadas es que la palabra escrita conserva y potencia la memoria colectiva. Lo hace sin estridencias, con la modestia del oficio bien hecho: cuidar la edición, reunir a las amistades, compartir versos. En esos detalles se fragua la perdurabilidad de una lengua y de una sensibilidad cultural que merece ser celebrada y defendida.
Que la literatura permanezca como pulso vivo: esa es la exigencia para quienes amamos la palabra. Porque, al fin y al cabo, una vida escrita no se pierde; se transmite, se lee y, sobre todo, nos hace mejores custodios de nuestra historia íntima y pública.
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