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La infancia en peligro: tres de cada cuatro adolescentes han sufrido relaciones dañinas

Un estudio de Educo revela que la normalización del daño y el miedo a la soledad arrastran a nuestros jóvenes

Redacción Más España

Redacción · Más España

10 de abril de 2026 2 min de lectura
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La infancia en peligro: tres de cada cuatro adolescentes han sufrido relaciones dañinas
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Tres de cada cuatro adolescentes entre 15 y 20 años reconoce haber vivido una relación afectivo‑sexual dañina. Esa cifra, cruda y fría, proviene de un estudio de Educo y la red #LaInfanciaEnElCentro que no admite evasivas ni paños calientes.

La encuesta, realizada a 334 niños y niñas de entre cinco y 20 años en seis comunidades (Andalucía, Castilla y León, Cataluña, Comunidad de Madrid, Euskadi e Islas Canarias), revela patrones que deberían sonrojar a cualquier responsable social: más de la mitad de los participantes considera que la violencia o el daño es parte implícita de una relación. Casi la mitad de los niños —muy particularmente entre los 5 y 8 años— no distingue entre intimidad y sexualidad y tiende a sexualizar gestos afectivos elementales como caricias o besos.

Las razones que explican este drama hablan por sí solas y no admiten relativismos: la normalización del daño es la más citada (29,4%), seguida del miedo a la soledad (19,3%) y del miedo al rechazo (14,3%). Declaraciones recogidas en la propia investigación ilustran la tragedia íntima: "Me hace más daño estar solo", "prefiero aguantar que estar sola", "por sentirme aceptado". Son frases que suenan a derrota y que ponen en evidencia un problema escolar, social y familiar.

El peso de la edad es incontestable: conforme avanzan los grupos etarios aumenta el porcentaje de quienes han sufrido relaciones dañinas: más del 75% entre 15 y 20 años; alrededor de la mitad entre los 12 y 14 años. Datos que no son estadísticas lejanas, sino vidas jóvenes anuladas por patrones de relación que aceptan el daño como norma.

Los autores del informe, entre ellos Josep Campins, advierten de un punto esencial: si los niños no diferencian adecuadamente afecto, intimidad y sexualidad, no podrán establecer límites ni saber qué esperar de cada relación. Y cuando la línea se traspasa, la reacción habitual es la normalización de lo dañino, no su denuncia.

La enseñanza que deja el estudio es clara y urgente: existe una necesidad constatada de educación afectivo‑sexual en todas las etapas escolares para enseñar que la intimidad no siempre equivale a sexualidad y que los espacios de intimidad pueden coexistir sin contacto físico. No es una recomendación ornamental; es una medida preventiva que busca devolver a la infancia y a la juventud el derecho a relaciones que no lesionen su dignidad ni su desarrollo.

No podemos mirar a otro lado. Cuando la mitad de los menores confunde afecto y sexualidad, y tres de cada cuatro adolescentes han sufrido daño en el amor, lo que está en juego no es solo la educación: es la salud moral y emocional de una generación. Defender a los jóvenes exige, pues, decisión colectiva y medidas educativas que pongan a la infancia en el centro, tal y como reclama el propio estudio.

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