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La Iglesia de Inglaterra rompe su techo de cristal: una mujer al frente en hora crítica

Sarah Mullally, primera arzobispa de Canterbury, asume en medio de debates morales y una Iglesia golpeada por escándalos

Redacción Más España

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26 de marzo de 2026 3 min de lectura
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Hoy, 25 de marzo, la historia de la Iglesia de Inglaterra escribe una página inédita: Sarah Mullally, de 63 años, ha sido instalada como la primera Arzobispa de Canterbury en casi cinco siglos. No es un ritual menor; es la consagración de una trayectoria poco habitual —de la partería y la jefatura de enfermería a la cúpula eclesiástica— que simboliza un cambio en las formas y en las expectativas.

La ceremonia en la catedral de Canterbury reunió a casi 2.000 personas, entre ellas miembros de la familia real, el primer ministro y otras autoridades. El puesto que ahora ocupa Mullally llevaba casi un año vacante tras la dimisión de Justin Welby, abierta por la mala gestión de un escándalo de abuso sexual infantil relacionado con John Smyth, cuya actuación y encubrimiento han conmocionado al país. La revisión independiente sobre aquel caso concluyó que el abusador podría haber sido llevado ante la justicia si se hubieran tomado otras decisiones en 2013: un lastre que dejó a la institución herida y bajo escrutinio público.

Mullally no llega a un vacío amable. Ella misma lo reconoció al hablar de la “enorme responsabilidad” del cargo y al señalar los dilemas que afronta la nación: la muerte asistida, la migración, las presiones sobre comunidades ignoradas y la profunda cuestión de quiénes somos como nación. Es un llamamiento a la reflexión sobre el papel público de la Iglesia y su voz en los asuntos civiles: el Arzobispo de Canterbury no solo es líder espiritual de la Comunión Anglicana mundial, sino que ocupa un escaño en la Cámara de los Lores y participa en debates de interés nacional.

Su biografía aporta datos de peso. Mullally fue la jefa de enfermería más joven de Inglaterra en 1999, se ordenó sacerdote en 2002 y llegó a ser la primera obispa de Londres en 2018, cargo que mantuvo durante siete años. Se define como feminista. Su recorrido coincide con avances legislativos recientes: las mujeres pudieron ser sacerdotes desde mediados de los años 90 y ordenadas obispas solo desde 2014. Hoy, más de 40 de los 108 obispos de Inglaterra son mujeres, aunque persisten resistencias internas y sectores que se oponen a la plena inclusión femenina en el clero.

La Iglesia de Inglaterra no es una institución menor en términos demográficos: cuenta con unos 20 millones de miembros bautizados, si bien el número de fieles habituales es considerablemente menor, rondando menos de un millón según cifras de 2022. Mullally, que presidió en su etapa como obispa de Londres un organismo que orientó la decisión sobre la bendición de matrimonios entre personas del mismo sexo, calificó la flexibilización de 2023 como “un momento de esperanza”, aunque advirtió de las profundas divisiones internas: lo propuesto parece demasiado para unos y no suficiente para otros.

Su llegada plantea preguntas concretas que la Iglesia y la nación deben afrontar con claridad y responsabilidad: cómo responder a los escándalos que han erosionado la confianza, cómo ejercer liderazgo moral en debates complejos y cómo reconciliar la tradición con las demandas legítimas de inclusión. Mullally asume un papel de representación espiritual en un momento en que la institución debe demostrar no solo solemnidad ritual sino también capacidad de rendición de cuentas y de compromiso público.

No hay atajos ni gestos simbólicos que sustituyan la transparencia. El nombramiento de la primera arzobispa es, sin duda, un hito; ahora toca que la Iglesia lo convierta en palanca de reforma y ejemplo de integridad en la vida pública británica.

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