La heredera que desconcertó a América: secuestro, lealtad y violencia
La extraña historia de Patty Hearst y su giro desde víctima a acusada

Redacción · Más España


El 20 de marzo de 1976 Patty Hearst fue declarada culpable de haberse puesto del lado de sus captores. Ese veredicto cerró —o abrió, según la mirada— uno de los episodios más insólitos y estudiados de la convulsa década de 1970 en Estados Unidos.
En febrero de 1974, una estudiante universitaria de 19 años, heredera de la dinastía Hearst, fue arrancada de su apartamento junto al campus de Berkeley. Pocas semanas después, una cinta de audio con su voz confirmó a su familia que seguía con vida; y en esas grabaciones la propia Patty decía: “estoy con una unidad de combate que tiene armas automáticas”.
Los secuestradores pertenecían al Ejército Simbionés de Liberación (SLA), un grupo de extrema izquierda sobre el que, como señaló el corresponsal de la BBC, se sabía poco más que lo que el propio movimiento publicaba en sus comunicados y la determinación de sus miembros a matar por su causa. El SLA presentó sus demandas a través de medios y grabaciones, y exigió a la familia Hearst financiar un masivo programa de distribución de alimentos en California.
La presión no fue retórica: el líder del SLA, Donald “Cinque” DeFreeze, llegó a amenazar con ejecutar a Patty para salvar vidas que según él morían de hambre. La familia Hearst atendió la exigencia y entregó dos millones de dólares en alimentos, una respuesta que la prensa calificó entonces como un rescate insólito.
Los repartos provocaron escenas caóticas en Los Ángeles y San Francisco: largas colas, desórdenes y violencia en puntos de entrega. A los ojos del público y los medios, el relato se volvió aún más perturbador cuando cámaras de seguridad captaron, apenas dos meses después del secuestro, a Hearst participando en un atraco bancario empuñando una metralleta.
La pregunta que se quedó suspendida en la opinión pública fue sencilla y brutal: ¿víctima sometida al lavado de cerebro o cómplice voluntaria? No inventamos respuestas; el tribunal, en 1976, optó por la culpabilidad. Los hechos —las grabaciones, la exigencia del SLA, la entrega de alimentos, el robo en el que fue filmada— conforman el expediente que cambió para siempre la narrativa de aquel caso.
Detrás del episodio subyace además la paradoja simbólica: la familia Hearst, con Randolph Hearst al frente del San Francisco Examiner y heredera del imperio fundado por William Randolph Hearst, se convirtió en objeto y blanco de un grupo que describía en ella la propia criatura del sistema capitalista que pretendía combatir. La cobertura mediática fue intensa, rivalizando en impacto con otros escándalos de la época.
La historia de Patty Hearst permanece como un caso límite: el choque entre privilegio y violencia política, entre chantaje ideológico y drama humano. Los hechos, tal como los documentó la BBC, hablan por sí mismos y no admiten atajos. Lo que ocurrió entre febrero de 1974 y la sentencia de marzo de 1976 es un testimonio incómodo de la época y una lección sobre cómo la violencia política puede transformar —o poner en entredicho— el estatuto de quien fue, en origen, simplemente víctima.
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